Odiaba haberse dejado engañar por la apariencia de Enrique en su juventud.
Si no se hubiera casado con él, ahora no estaría aquí, siendo el centro de todas las miradas.
Enrique forzó una sonrisa y, con voz sumisa, intentó calmarla:
—De acuerdo, de acuerdo, es mi culpa, todo es mi culpa. Luna, descárgate conmigo.
Luna resopló y apartó bruscamente la mano de Enrique.
—¡No me toques!
Su grito, fuerte y claro, captó la atención de todos en el salón.
En un instante, todas las miradas se posaron en ellos, cargadas de una mezcla de emociones.
—Vaya, vaya. Un mantenido siempre será un mantenido. Qué poca dignidad.
—Se lo tiene merecido. ¿Quién lo manda a casarse por interés?
—Sinceramente, desprecio a Enrique. ¡Qué hombre más pusilánime!
—Si tuviera un mínimo de dignidad, no se habría casado para vivir a costa de su mujer.
—¿Para qué quiere dignidad un mantenido?
—…
Al final, todos soltaron una carcajada.
Hay que reconocer que la merienda había sido todo un acierto.
Había mucho de qué reírse.
Los cuchicheos no eran disimulados, y Luna, naturalmente, los oyó. Miró a Enrique con una expresión de profundo desprecio.
—¿Has oído? ¡En toda Villa Regia, todo el mundo sabe que eres un mantenido sin dignidad!
El rostro de Enrique se contrajo por la humillación.
Pero tenía que mantener la calma. Aunque todos lo señalaran, aunque su mujer lo despreciara, tenía que seguir sonriendo.
Al fin y al cabo, la merienda continuaba.
Luna no quería perder más tiempo con un inútil como Enrique. Respiró hondo, se calmó y se acercó a Alejandra.
En ese momento, Alejandra estaba como en otro mundo. Su mente daba vueltas a una sola pregunta: ¿por qué no le gustaba a Yahir?
Estaba segura de que sí.
Si no, ¿por qué no se atrevía a mirarla a los ojos cuando comían en la misma mesa?
Y, además, ¿por qué se levantaba de repente para ir al baño?
¿No era porque se sentía atraído por ella?
—Ale.
Luna, al ver a su hija así, sintió una punzada de dolor.
—Mamá. —Alejandra levantó la vista hacia Luna, a punto de llorar.
Se sentía muy humillada.
Jamás habría imaginado que las cosas saldrían así.
Al oír su voz, el mayordomo se acercó corriendo.
—Señorita, ¿qué desea?
Alejandra sonrió.
—Creo que ya es casi la hora. La señorita Ramsey debe de estar a punto de llegar. Ve a la puerta a esperarla. En cuanto la veas, avísame a mí y a mi abuela.
—Entendido, señorita. Iré ahora mismo.
El mayordomo se inclinó y se dirigió a la puerta.
Al oír a Alejandra, los cuchicheos sobre ella, Luna y Enrique cesaron.
Aunque lo de Yahir había sido un fiasco, ¡era verdad que Alejandra era la benefactora de Bianca!
En un momento como este, era mejor no meterse con ella. Al fin y al cabo, pronto recibiría la placa de jade de la familia Ramsey.
Al ver la reacción de los presentes, una sonrisa burlona apareció en los ojos de Alejandra. ¿Ahora tenían miedo?
¡Ya verían!
Cuando tuviera la placa de jade, ya se las verían con ella.
¡Y con Úrsula!
La haría pagar.
Alejandra levantó la vista hacia Úrsula, con una mirada envenenada.
—Ale. —Enrique se acercó a Alejandra—. Lo de antes ha sido un malentendido. ¿Lo de la señorita Ramsey no será otro, verdad? —susurró.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...