Mientras tanto.
La abuela Barragán conversaba con una dama de la alta sociedad cuando, de repente, un sirviente se le acercó y le susurró algo al oído.
Al entender lo que le decía el sirviente, la abuela Barragán esbozó una sonrisa y se dirigió a la dama.
—Disculpe, señora Allard, tengo un asuntillo que atender.
—Claro —asintió la señora Allard—. Adelante.
La abuela Barragán siguió al sirviente afuera.
—¿Qué has dicho? ¿Que esa zorra se escapó?
El rostro del sirviente mostraba apuro.
—Sí, señora. Nessa acaba de entrar a llevarle agua a la señora y se dio cuenta de que no estaba.
El rostro de la abuela Barragán se ensombreció al instante.
—¡Esa desgraciada se ha rebelado! ¡Cómo se atreve a jugármela en mis propias narices! ¡Cuando termine la fiesta, ya verá cómo la destrozo!
—¡Vayan a buscarla! Cuando la encuentren, enciérrenla en el ala oeste.
Parecía que había sido demasiado blanda con esa infeliz de Valentina.
¿A la desgraciada le gustaba escaparse?
¡Pues le rompería las piernas!
Le arrancaría los ojos.
¡La convertiría en un despojo humano!
¡Para que nunca más viera la luz del día!
A ver cómo se escapaba entonces.
Al pensar en esto, una mirada siniestra se apoderó de los ojos de la abuela Barragán.
Antes no le había hecho nada a Valentina por su fe en Dios, temiendo que Él la castigara.
Pero ahora…
¡Valentina se había atrevido a desafiarla!
¡Pues que no la culpara a ella!
Cuando terminara con Valentina, iría ante Dios a rezar por el perdón de sus pecados.
—Sí, señora —el sirviente hizo una reverencia y se retiró.
A continuación.
Aunque en la superficie el castillo de los Barragán parecía no haber cambiado, en secreto había entrado en estado de alerta.
Wendy fue la primera en notar que algo no iba bien. Se acercó de inmediato a la abuela Barragán.
Ambas se separaron al salir del salón.
Valentina llevaba la ropa de Tina, un vestido largo. Se lo recogió con ambas manos y corrió apresuradamente en dirección al Pabellón Boreal. Asustada y nerviosa, no se fijó en el camino.
Justo al llegar a la puerta.
Chocó de frente con alguien que venía en dirección contraria.
Pum.
Por la inercia, Valentina cayó directamente al suelo.
Clac…
Al mismo tiempo.
Un medio antifaz negro cayó también al suelo.
—Perdón…
Valentina se disculpó rápidamente, levantando la vista hacia la persona con la que había chocado.
En el instante en que vio su rostro.
Valentina se quedó helada, con los ojos llenos de asombro. La palabra «…dón» se le quedó atascada en la garganta.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...