El avión en el que viajaban Álvaro Solano y Marcela aterrizó puntualmente en el aeropuerto de la capital del País del Norte.
El avión de los Gómez llegaría en quince minutos.
Pero Álvaro no podía esperar más. En cuanto aterrizaron, él y su madre, Marcela, tomaron un carro y se dirigieron al hotel donde se alojaban Úrsula y los demás.
El trayecto no era muy largo.
Unos quince minutos.
Pero a Álvaro le pareció que el tiempo pasaba con una lentitud exasperante.
Cada segundo era una eternidad.
Lentísimo.
Marcela también estaba muy nerviosa.
Hacía veinte años.
Hacía más de veinte años que no veía a su nuera.
A diferencia de otras suegras, Marcela y Valentina no tenían conflictos; se llevaban como madre e hija.
Marcela se giró hacia Álvaro.
—Álvaro, ¿qué te parece mi ropa? ¿No me veo muy vieja? ¡No sé si Valentina me reconocerá!
—No te ves vieja —negó Álvaro—. Mamá, ¿y yo? ¿Crees que debería cambiarme de ropa cuando lleguemos?
—No hace falta —dijo Marcela sonriendo—. Así estás muy bien.
Madre e hijo se consolaban mutuamente.
Poco después, el carro se detuvo frente al hotel.
Ambos bajaron a toda prisa.
Como habían hablado previamente con Úrsula, ella y Dominika ya los esperaban en la entrada.
—Abuela, papá.
—Abuela Solano, señor —saludó Dominika.
Marcela respondió con una sonrisa.
—Ami, Domi.
Álvaro, por su parte, preguntó con impaciencia:
—Ami, ¿y tu madre? ¿Por qué no está aquí? ¿No dijiste que había vuelto?
—Mi mamá está arriba —respondió Úrsula—. Que Domi los lleve a ti y a la abuela. ¡Yo me quedo aquí esperando a la abuela y a mis tíos!
El avión de los Gómez también había aterrizado. Eloísa Gómez y varios de sus hijos ya estaban en camino.
Dominika asintió.
—Abuela Solano, señor, síganme.
Álvaro y Marcela siguieron a Dominika.
Unos tres minutos después, llegaron al último piso del hotel.
Aunque Valentina ya no recordaba a Álvaro, su voz le resultaba muy familiar. Era la voz que aparecía a menudo en sus sueños.
Al mismo tiempo, fragmentos de recuerdos fugaces pasaron por su mente.
Y lo más importante, a Valentina le encantaba el olor de Álvaro.
Le encantaba.
—¿Álvaro? —dijo Valentina casi sin pensarlo.
Al escuchar a Valentina pronunciar su nombre, Álvaro se llenó de alegría. La soltó y, emocionado, dijo:
—¡Sí, sí! ¡Soy Álvaro, soy Álvaro! Valentina, ¿me recuerdas, verdad?
Valentina negó con la cabeza.
—No…
—No importa. A partir de ahora, te ayudaré a recuperar tus recuerdos. Estoy seguro de que lo recordarás todo. —Mientras más hablaba Álvaro, más lágrimas corrían por su rostro—. Valentina, lo siento. Fui yo quien te hizo daño, quien te hizo sufrir durante más de veinte años…
Marcela, con paso tembloroso, se acercó a Valentina y, llorando también, la abrazó.
—Valentina, soy mamá, la abuela de Ami. ¿Me recuerdas?
En ese momento, Eloísa, sostenida por sus hijos Gael y Isaías Gómez, entró.
—¡Valentina! ¡Valentina, hija mía! ¡Por fin te encontré! Tu pobre padre no pudo verte una última vez. ¿Quién, quién te hizo esto? ¿Quién nos separó durante veinte años? ¡Valentina, dímelo! ¿Quién te hizo esto? ¡Juro que lo haré pagar!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...