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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 926

—Estoy bien, mamá —dijo Úrsula, negando con la cabeza.

Valentina seguía asustada.

—¡Esa vieja de la familia Blanco está loca! ¡Atacar a alguien con un cuchillo! Menos mal que tu papá reaccionó rápido. —Luego, miró a Marcela—. Mamá, esta vez no podemos ser blandos. ¡Esa vieja tiene que pagar por lo que hizo!

Álvaro asintió.

—Mamá, Valentina tiene razón. Ya no le debemos nada a la familia Blanco.

Solo de pensar que su hija casi resulta herida por la abuela Blanco, la ira lo consumía.

—Lo sé —dijo Marcela, mirando a su hijo y a su nuera—. Esta vez no tendré compasión. ¡Que la ley se encargue de ella!

***

Zaida subió a un carro que la esperaba en la calle.

Apenas se sentó, su celular comenzó a sonar.

Era su esposo, Carlos.

—¿Cómo se resolvió todo? —preguntó él.

Zaida, sentada en el asiento trasero, se masajeó las sienes con cansancio. Su voz todavía sonaba ahogada por el llanto.

—Ya casi todo está arreglado. Félix está en la funeraria. ¿Cuándo llegas a casa?

Félix era su único sobrino.

Como tía, era imposible no sentir nada.

Carlos estaba en el extranjero, y Zaida no podía organizar el funeral sola; tenía que esperar a que su esposo regresara para hacerlo juntos.

—Ya estoy en el aeropuerto. Lo más pronto que llego es mañana a las doce —se escuchó la voz de Carlos—. No estés tan triste, y no creas que soy insensible, pero tal vez este era el destino de Félix. Y aunque suene feo, un niño como él, incluso si hubiera crecido, no habría aportado nada bueno a la sociedad. Así como están las cosas, para él fue un final mejor.

Zaida no respondió. Solo se cubrió la boca y comenzó a sollozar.

Sentía culpa.

Sentía tristeza.

Pero, sobre todo, sentía alivio.

La razón por la que Carlos decía que un niño como Félix no aportaría nada bueno a la sociedad era porque Félix, desde que nació, no fue un niño normal. Tenía el síndrome XYY.

Comúnmente conocido como el gen del súper hombre.

Ya de por sí su genética no era buena, y para colmo, la abuela Blanco lo consentía hasta el extremo.

Eso provocó que Félix causara problemas toda su vida.

El año pasado, le rompió la pierna a un compañero de clase, dejándolo discapacitado de por vida, condenado a una cama.

Si no fuera porque la familia Blanco tenía dinero y la abuela Blanco movió sus influencias para arreglarlo, Félix ya estaría en un reformatorio.

Y la razón por la que Zaida sentía culpa era porque fue la primera en darse cuenta de que Félix había caído al lago.

En ese momento, fue como si algo la hubiera paralizado.

Muchas cosas pasaron por su mente.

La familia Blanco estaba en la ruina, su madre ya era mayor, Emiliano había sido sentenciado a muerte y, como tía de Félix, ella tendría que asumir la responsabilidad de criarlo.

Después de todo, aparte de su madre, ella era su único pariente.

En el futuro, no solo tendría que cuidar de la abuela Blanco, ¡sino también de Félix!

—Fabián.

Un hombre de traje se acercó a él y le sonrió.

Fabián se giró para mirarlo, con una expresión de fastidio en el rostro.

—Señor Montero, ¿verdad? ¡Ya le dije que no vendo ese terreno! ¿Por qué no lo entiende?

Hacía un tiempo, después de consultar a la madrastra de Úrsula, Fabián había comprado un terreno a bajo precio como inversión.

No había pasado ni medio mes cuando la empresa vendedora se arrepintió.

Insistían en volver a comprarlo a como diera lugar.

En solo tres días, ya lo habían buscado más de diez veces.

A Fabián esto le parecía ridículo.

—Fabián, nuestro señor Ponce tiene un interés genuino —continuó Salvador Montero—. Está dispuesto a recomprar el terreno por el triple del precio que usted pagó.

—Ni por el triple, ni por diez o veinte veces más lo vendo —dijo Fabián, mirando a Salvador con firmeza—. Señor Montero, mejor regrese por donde vino. No pierda su tiempo conmigo.

Cuando compró ese terreno, Fabián pensó en usarlo para su retiro. ¿Cómo iba a venderlo tan fácilmente ahora?

Dicho esto, Fabián tomó su bolsa de basura y se dirigió hacia otro lado.

Viendo la espalda de Fabián alejarse, Salvador escupió en el suelo.

—¡Pah! ¡Viejo terco y malagradecido!

***

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