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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 932

Hacía poco, el romance entre Israel y la hija de la familia Solano había sido tendencia, y la pareja, apodada *Isrami*, había ganado muchísimos seguidores.

Nora era una de esas fans.

—Cálmate, no te emociones —la interrumpió Hugo—. Piensa en quién es el señor Ayala. ¡Y quién es la señorita Solano! ¿De verdad crees que vendrían a comer a un lugar así? Además, Wesley me ha dicho que nuestro señor Ayala es muy especial con la limpieza y casi nunca come fuera. Por eso, en la oficina, el mayordomo de su familia siempre le manda la comida.

—Seguro solo se estacionó aquí por casualidad.

Al escucharlo, la emoción de Nora se desvaneció un poco. Su novio tenía razón. El señor Ayala y la señorita Solano eran personas de un estatus muy elevado.

¿Cómo iban a estar comiendo pozole aquí?

Pero bueno, ¡con solo ver el carro del señor Ayala ya estaba feliz!

Continuaron hacia la entrada del local.

Apenas cruzaron la puerta, Hugo se quedó helado, con los ojos abiertos de par en par.

¡No… no puede ser!

¿Estaba alucinando?

La persona que estaba comiendo pozole con la cabeza inclinada no era otro que Israel.

En ese instante, Hugo no podía creer lo que veía.

Se frotó los ojos.

Pero la escena no cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó Nora, curiosa, al ver que su novio se había quedado atrás.

—Nora, m-mira para allá —dijo Hugo, tratando de mantener la calma.

Nora siguió la dirección que le indicaba y también se quedó boquiabierta.

—¡La señorita Solano! ¡El señor Ayala!

—¡Baja la voz! —le susurró Hugo, tapándole la boca.

—Ya no puedo más, termínatelo tú.

Israel tomó el plato de Úrsula con toda naturalidad.

—Claro que sí.

Ya estaba acostumbrado. Siempre que Úrsula no podía terminar su comida, él se encargaba del resto. Por eso, cuando salían a comer juntos, él siempre pedía menos para sí mismo.

Al ver esto, Hugo se quedó de piedra.

¿De… de verdad ese era el señor Ayala, el hombre inalcanzable, frío y reservado que todos conocían?

El Israel de ahora no se parecía en nada al que veía en el Grupo Ayala.

Nora estaba aún más incrédula, y luego, con evidente molestia, dijo:

—¿Ya viste? Hasta el señor Ayala se come las sobras de su novia. ¿Y tú? El otro día no me pude terminar un pan y te lo di, ¡y me saliste con todo un sermón! ¡Que en tu pueblo los hombres no pueden comerse las sobras de las mujeres! ¿Acaso tú eres más importante que el señor Ayala?

***

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