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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 937

Eso dejó a Valentina muy satisfecha.

—No querrás que nuestra hija se despierte cada mañana y tenga que ver una cara fea, ¿verdad? —continuó Valentina, mirando a Álvaro—. ¿Y que luego tenga un hijo feo?

—¡Exacto, mamá! ¡Tiene toda la razón! —dijo Úrsula, levantando de nuevo el pulgar hacia su madre.

—Aunque es cierto que tiene buena apariencia —dijo Álvaro, volviéndose hacia Valentina—, ¿no dijo mamá que Israel es muy codo? Con un defecto tan grande, ¿cómo va a merecer a nuestra Ami? —Luego, miró a Úrsula y le advirtió—: Ami, puedes salir con él, pero por favor, no te lo tomes demasiado en serio.

—Papá, sobre lo de ser codo, tengo que aclararlo. Israel no es nada codo, es muy generoso. Lo nuestro es mutuo —dijo Úrsula. Abrió su celular y buscó el historial de transferencias—. Miren, papás, este es el registro de las transferencias que Israel me ha hecho. Admito que me gusta mucho, ¡pero no estoy tan ciega de amor como para transferirle dinero a él para que luego me lo devuelva a mí y hacer parecer que me quiere mucho!

Si sus padres tenían una idea equivocada de Israel, tenía que aclararla.

No podía dejar que siguieran pensando mal de él.

Al ver el historial de transferencias y las fotos, Álvaro entrecerró los ojos.

La cantidad más pequeña era de 1314 pesos.

La más grande, de 5,201,314 pesos.

Y en cada transferencia había una nota que decía “donación voluntaria”.

Eso no era algo que haría una persona tacaña y obsesionada con el dinero.

Valentina había sospechado que ese dinero se lo había dado Úrsula a Israel de antemano, pero hoy, al ver la seriedad en los ojos de su hija, desechó esa idea por completo.

***

Israel no regresó a la mansión de los Ayala, sino a su departamento habitual.

Apenas diez minutos después de haber llegado, sonó el timbre.

Israel fue a abrir y encontró a Armando arrodillado en el suelo, con un palo con espinas a la espalda.

—Señor Ayala, lo siento. Vengo a aceptar mi castigo.

***

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