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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 949

Fabián se había esforzado tanto para criar a su hija, y ellos no habían sido capaces de protegerlo y darle una vejez tranquila.

—Señora, era mi deber.

Israel no se jactó de su hazaña. Ante los padres de Úrsula, siempre se mostraba respetuoso y sereno, lo que resultaba muy agradable.

Esa era una de las razones por las que Valentina lo apreciaba tanto.

***

Tres días después.

Una vez que todos los asuntos quedaron resueltos y los médicos confirmaron que la salud de Fabián estaba fuera de peligro, los cuatro tomaron un avión de regreso a Villa Regia.

Israel no los acompañó porque tenía asuntos de trabajo que atender.

Claro que había otra razón importante: Álvaro lo intimidaba un poco.

Cada vez que sus miradas se cruzaban, sentía una extraña sensación de culpa.

Como si lo hubieran pillado robándole algo a Álvaro.

Al enterarse de que Fabián había accedido a mudarse con ellos, Marcela mandó a preparar una pequeña casa de huéspedes especialmente para él en la propiedad.

Incluso fue personalmente al aeropuerto a recogerlos.

—Abuelo de Ami, a partir de ahora, siéntase como en su casa. No se preocupe por nada. Sé que al principio le costará un poco acostumbrarse a Villa Regia, pero verá que en poco tiempo se sentirá a gusto. Hay un parque muy bonito cerca de aquí, seguro que pronto hará nuevos amigos.

—Gracias. —Fabián asintió con una sonrisa—. Pero es mucha molestia para ustedes.

Al oír eso, Marcela frunció el ceño.

—Somos familia, ¿qué molestia ni qué nada? ¿O es que nunca nos ha considerado parte de la familia? Si por mí fuera, debería haberse mudado con nosotros a Villa Regia desde hace mucho tiempo, para ahorrarse tantos viajes.

—Y que quede claro: esta vez vino para quedarse.

Úrsula intervino.

—¡Mi abuela tiene razón! Abuelo, esta vez no puede escaparse de vuelta. Y si en algún momento quiere ir a San Albero de visita, yo lo acompañaré cuando quiera.

***

Dos días después.

Israel también regresó de San Albero.

Esteban fue a recogerlo al aeropuerto.

Vestido con una camisa blanca, Esteban lo saludó desde lejos, agitando la mano entre la multitud.

—¡Tío! ¡Tío! ¡Por aquí!

Israel caminaba junto a sus asistentes.

Al ver a Esteban, se dirigió a ellos.

—Denme las cosas. Ya pueden regresar a la empresa.

—Claro, señor Ayala. —Uno de los asistentes le entregó un portafolio.

Israel lo tomó y se dirigió hacia donde estaba Esteban.

Esteban infló el pecho.

—Tío, ¿nota algo diferente en mí hoy?

—¿Estás más moreno? —dijo Israel, echándole un vistazo.

Y, por supuesto, en cuanto regresó al país, no pudo esperar para presumirle a Israel.

¡Llevaba tres años intentando conquistarla!

—¿Una simple mancha de labial? ¿Y vienes a presumírmela? —Israel lo miró de reojo y dijo con desdén—: Veo que eres un completo cursi sin remedio.

No, no.

Estaba perdido.

—Esto no es ser cursi. Mi novia dice que es un sello de amor. Con esta marca, las chicas solteras sabrán que tengo novia —explicó Esteban, y añadió—: Tío, ¿a que ahora mismo me tiene mucha envidia?

Israel lo miró con cara de pocos amigos.

—¿Por qué habría de envidiarte? ¿Qué tienes tú que sea digno de envidia?

¡Qué ridículo!

—Mi novia y yo acabamos de empezar a salir y ya no puede esperar para marcar su territorio en mi camisa, por miedo a que alguien me la robe. Y usted, ¿cuánto tiempo lleva con la reina Úrsula? ¿Alguna vez le ha puesto un sello así?

—Si no me equivoco, la reina Úrsula nunca le ha puesto una marca de estas, ¿verdad?

—¡Qué le vamos a hacer, así me quiere mi novia!

Cuanto más hablaba Esteban, más orgulloso se sentía. Si hubiera tenido cola, seguro que la estaría moviendo de un lado a otro.

Israel se giró para mirarlo y dijo, articulando cada palabra:

—¿Crees que todo el mundo es tan inmaduro como tú?

***

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