Al escuchar a su sobrino, Luis se quedó paralizado, sin poder reaccionar.
No entendía cómo el sobrino que anoche le había mostrado tanto respeto y le había prometido prepararle su caldo de camarón favorito por la mañana, de repente se había transformado así.
¿Acaso... Úrsula tenía razón?
¿Bruno solo era bueno con él por el dinero?
Apenas le había transferido el millón de pesos, y Bruno ya le mostraba su verdadera cara.
No.
No podía ser.
Seguramente se estaba equivocando.
Era su sobrino de sangre.
Estaban unidos por lazos familiares.
Bruno no sería capaz de hacer algo así.
Luis hizo un esfuerzo por calmarse, levantó la vista hacia su sobrino y preguntó:
—Bruno, ¿me estás diciendo que me vaya?
—No es que te esté corriendo, es que vienen los padres de Ingrid y no hay dónde se queden, no tengo otra opción —continuó Bruno—. Además, ¿no se estaban peleando mis hermanos por tenerte? No es que no tengas a dónde ir, ¿por qué tienes que disputarles el lugar a los padres de Ingrid?
Nadie podía saber lo que sentía Luis en su interior. Sus ojos estaban enrojecidos y dijo con ira:
—¡Bruno, hay que tener un poco de conciencia! ¡Quedamos en que me turnaría medio año en casa de cada uno de ustedes cuatro! Ahora que ya te di el dinero, ¿cómo puedes faltar a tu palabra?
Lo que Luis más quería olvidar en su vida era el día en que sus hijastros lo echaron de casa.
Nunca olvidaría la escena en que, tras la muerte de su esposa, sus hijastros lo expulsaron de su hogar.
Desde ese momento, juró al cielo que nunca más volvería a depender de nadie.
Por eso, en su vejez, había decidido volver a sus raíces para pasar sus últimos días.
Pensaba que sus hijastros lo habían echado por no tener lazos de sangre con ellos.
Creía que vivir en casa de sus sobrinos no sería depender de nadie.
Al fin y al cabo, él y sus sobrinos eran una verdadera familia.
Nunca imaginó...
¡Tres millones!
Tres millones enteros no le habían comprado ni un techo bajo el cual vivir.
¡Qué triste y lamentable!
Llegado a este punto, Luis respiró hondo.
—¡Si quieres que me vaya, está bien! ¡Devuélveme mis tres millones!
Ya que Bruno no respetaba los lazos de sangre, entonces no podía culparlo por ser igual de desconsiderado.
¿Devolverle el dinero?
Bruno puso los ojos en blanco.
—Tío, no se le olvide que usted me dio ese dinero por su propia voluntad. ¡Lo que me dio, ya es mío! ¿Y ahora quiere que se lo devuelva? ¿Cree que estamos jugando a la casita?
—¡Exacto! —Ingrid se acercó, con las manos en la cintura, como una verdadera arpía de pueblo, una imagen muy diferente a la mujer amable y respetuosa de días atrás—. Tío, Bruno es su sobrino de sangre. Usted no tiene hijos propios, así que, legalmente, ¡a él le corresponde una parte de sus bienes! ¿De verdad cree que puede recuperar su dinero? ¡Le digo que es imposible!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...