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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 972

A Luis le preocupaba qué iba a cenar esa noche.

En el pueblo, todos lo conocían.

Para evitar que algún conocido lo reconociera, esperó a que anocheciera para salir a buscar algo de comer, y hasta se puso un cubrebocas.

En cuanto a por qué temía ser reconocido, la respuesta era simple: por vergüenza.

Uno vive por el qué dirán, y un árbol por su corteza.

Durante la primera mitad de su vida, Luis ignoró la oposición de sus padres y se casó decididamente con Romina Cárcamo, una mujer divorciada. Por los hijos de ella, trabajó como burro, e incluso renunció a tener un hijo propio.

Cuando Romina murió, esos hijastros e hijastras le dieron la espalda sin el menor remordimiento. Trajeron a su padre biológico para que lo cuidaran y a él lo echaron de la casa, convirtiéndolo en el hazmerreír de todos.

Y ahora, la historia se repetía.

Su propio sobrino de sangre lo había echado a la calle. ¿Con qué cara iba a ver a sus viejos conocidos?

Al escuchar la voz de Úrsula, Luis se quedó helado por un instante, con el rostro lleno de emoción.

Pero enseguida recuperó la compostura.

«Escuché mal».

«Seguro que escuché mal».

Úrsula estaba en Villa Regia.

Y entre Villa Regia y Villa de Graciela había más de mil kilómetros de distancia.

¿Cómo era posible que escuchara su voz?

Seguramente era porque en los últimos días había deseado tanto ver a Fabián y a Úrsula que estaba teniendo alucinaciones auditivas.

Luis siguió buscando en el bote de basura.

Como solo se atrevía a salir por la mañana y por la noche, apenas había comido al mediodía.

A estas alturas, el hambre le pegaba el estómago a la espalda.

Necesitaba comer algo con urgencia.

Fabián miró a su alrededor con curiosidad.

—Úrsula, ¿no te habrás equivocado? ¿Dónde está Aguilera? Yo no lo veo.

Úrsula señaló una figura que hurgaba en el bote de basura.

—Esa persona debe ser Luis.

Al oírla, Fabián miró en la dirección que ella indicaba.

Al verlo, también se quedó un poco desconcertado.

—No, no creo que sea él, ¿o sí?

El hombre vestía ropa raída, tenía el pelo enredado y llevaba un cubrebocas. Estaba encorvado, concentrado en buscar algo en el contenedor, con el aspecto típico de un vagabundo.

A Fabián le resultaba imposible relacionar esa imagen con el siempre pulcro Luis.

—Vamos a ver primero —dijo Úrsula.

—De acuerdo.

Fabián asintió y siguió los pasos de Úrsula.

Pronto llegaron junto al bote de basura.

Solo al acercarse, Fabián pudo creer lo que veían sus ojos.

¡Sí!

¡Sí era él!

¡Era Luis!

Fabián jamás se hubiera imaginado que su alegre viejo amigo terminaría buscando en la basura para sobrevivir.

Su orgullo y su dignidad parecían haberse derrumbado de la noche a la mañana.

En ese instante, Fabián sintió un nudo en la garganta. Quiso decir algo, pero al abrir la boca, no le salió ninguna palabra.

Fabián asintió.

—Úrsula tiene razón. Aguilera, vámonos primero al hotel.

***

De vuelta en el hotel, Úrsula cambió la habitación de cama matrimonial de Fabián por una de dos camas.

Luego, fue a una tienda de ropa cercana y le compró a Luis dos mudas de ropa limpia y unos zapatos.

Luis había estado viviendo bajo un puente estos últimos días y, con las lluvias torrenciales que habían caído en Villa de Graciela, el agua se había llevado su maleta hacía mucho.

Después de bañarse, afeitarse y ponerse ropa limpia, mirándose en el espejo, Luis apenas podía creer que seguía vivo en este mundo.

Unos minutos después, salió del baño.

En ese momento, Úrsula regresó con la comida.

Al verlo salir, le sonrió.

—Luis, venga, justo a tiempo para cenar. También compré un poco de aguardiente. Mañana no hay nada que hacer, así que esta noche puede tomarse unas copas con mi abuelo.

Al mirar a Úrsula, a Luis se le hizo un nudo en la garganta y volvió a llorar.

—Úrsula, gracias. Gracias a ti y a tu abuelo por venir a buscarme.

Jamás se hubiera imaginado que, en un momento como este, serían Fabián y Úrsula quienes lo encontrarían, dándole calor y esperanza.

En los momentos difíciles se conocen los verdaderos amigos.

Fue entonces cuando Luis comprendió el verdadero peso de esa frase.

Sus sobrinos lo trataban bien por su dinero de la expropiación; solo el afecto de Úrsula y Fabián era desinteresado.

Ahora se arrepentía de verdad.

Estaba muy arrepentido.

Las palabras de Úrsula habían sido sabios consejos, todo por su bien, pero él las había ignorado, tomando su buena intención como una ofensa.

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