C124-LAS MANOS NO OLVIDAN
La comitiva partió cuando el sol todavía estaba bajo.
Cuatro vehículos.
El de Al-Farsi adelante, con dos guardias y el jeque.
El de Ibrahim detrás, con cuatro hombres más.
El de Zayd y al final Mariam, Sila y Jade.
Jade eligió el asiento junto a la ventana derecha, mientras que Mariam se sentó al otro lado con Sila entre las dos, y eso fue suficiente.
El desierto de mañana era distinto al de la noche.
La arena reflejaba la luz desde abajo y el calor llegaba de todas partes al mismo tiempo, el terreno cambió a los veinte minutos de salir del campamento. Las dunas se volvieron piedra, la piedra se volvió grietas, y las grietas se volvieron un camino que no era un camino sino una serie de decisiones sobre dónde poner las ruedas.
El vehículo daba sacudidas, Mariam apretó el borde del asiento con los dedos y respiró por la nariz.
Sila lo vio.
Sin decir nada, le puso la mano sobre la de ella, solo eso, sus dedos apretando una vez, y luego se quedó quieta mirando al frente como si no hubiera hecho nada.
Jade, desde el otro lado, las miró, miró a Mariam con esa expresión suya de calcular, de medir, de buscar el punto donde algo cedía. Buscó el temblor en los labios, el sudor en la frente, alguna señal de que lo de la noche anterior todavía estaba haciendo efecto.
No encontró nada, frustrada volvió a su ventana.
El vehículo de Ibrahim iba adelante y Zayd lo seguía a unos treinta metros, con los ojos en el terreno, conocía ese desierto, lo había cruzado de niño con Ibrahim, en vehículos peores que ese, por caminos que hacían que este pareciera una autopista.
Por eso se dio cuenta de que el auto de su padre iba rápido, demasiado rápido para ese terreno, frunció el ceño, pero fue demasiado tarde, porque el vehículo tomó una curva entre dos formaciones de roca y aceleró en la recta que venía después, en consecuencia, las piedras sueltas saltaban bajo las ruedas y el polvo se levantaba en una nube que Zayd tuvo que esquivar girando levemente.
—Va muy rápido —dijo en voz baja.
El guardia en el asiento del chofer no respondió, Zayd abrió la boca para decir algo más y entonces el vehículo de Ibrahim golpeó.
Fue una piedra.
Grande, enterrada hasta la mitad en la arena, del color exacto del terreno. La rueda delantera derecha la golpeó a plena velocidad y el impacto levantó la parte trasera del vehículo como si algo lo hubiera empujado desde abajo, el sonido llegó primero, un golpe seco y corto que no encajaba con el silencio del desierto, luego vino el giro, la parte trasera que se fue hacia la izquierda mientras la delantera seguía hacia adelante, y luego el vuelco, lento al principio y después todo al mismo tiempo, el metal contra la piedra y el polvo y el vidrio y el ruido que no paró hasta que paró.
El vehículo quedó de lado, inmóvil, con el polvo todavía en el aire.
El auto de Zayd frenó en seco, tanto que el cinturón le golpeó el pecho, pero no le importó, ya él tenía la puerta abierta y bajó con los ojos en el metal volcado a veinte metros.
El corazón le golpeó contra las costillas con una fuerza que no tenía nada que ver con el frenado, su padre estaba en ese vehículo.
—¡Padre!
La voz le salió rota, sin el control de siempre, sin el tono de jeque ni de hombre que mide cada palabra. Solo el grito de alguien que ve algo y no puede calcular todavía si es reversible.
Corrió.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!