C18-SOLO TENÍAS QUE ACEPTAR.
Jade bajó la guardia un segundo y recorrió la cara de Mariam buscando la trampa, el ángulo, la segunda capa. Y entonces algo cambió en su expresión, el cálculo fue reemplazando a la furia, y se apartó.
—¿Me crees estúpida? —chasqueó los labios—. Esto es exactamente lo que quieres, ¿no? Que yo acepte, que Zayd se entere, y tú quedas como la víctima que intentó escapar mientras yo soy la villana que la ayudó. —Negó con la cabeza—. No. No voy a caer en eso.
Mariam la miró.
La miró de la misma manera en que se mira algo que no termina de funcionar bien.
—Jade. —Su voz fue casi suave—. Yo pensaba irme y no volver jamás. Sin despedidas, sin drama, sin darte ni un segundo de mi tiempo después de cruzar esa puerta. —suspiró—. Pero claro, para entender eso necesitarías un nivel de inteligencia que claramente Alá decidió no incluir en tu paquete.
La mandíbula de Jade se apretó, pero se recompuso. Estiró el cuello, acomodó su vestido con las palmas y recuperó esa postura de jequesa que llevaba dos años ocupando.
—Puedes decir lo que quieras. Pero al final del día, yo soy la primera esposa. Yo llevo su nombre desde antes que tú supieras cómo se pronunciaba. —Dio un paso hacia Mariam—. Zayd duerme en mi ala cuando quiere compañía de verdad. Tú estás aquí por una sola razón. —Sus ojos bajaron al vientre de Mariam—. Por eso. Solo por eso. Y en cuanto nazca...
Se detuvo y sonrió.
—Yo seré su madre.
El aire en la habitación cambió de temperatura en el acto y Mariam esta vez no respondió con palabras, sino con acciones.
Su mano cerró alrededor del cuello de Jade con una velocidad que ni ella misma entendió, cerró su mano con una precisión que no dejaba espacio para reacción. Jade abrió la boca, sus dedos volando hacia la muñeca de Mariam, arañando, empujando, sin encontrar nada que ceder.
Entonces Mariam apretó más y la sostuvo ahí, con los ojos a tres centímetros de los de ella, y habló despacio.
—Escúchame bien. —advirtió bajo—. Ese bebé es mío. Sale de mi cuerpo, lleva mi sangre y se va conmigo cuando me vaya. —Sus dedos no se movieron, sino que se tensaron—. Y si tanto quieres un hijo, ruégale a Alá que te sane el útero. Rézale. Llora. Haz lo que tengas que hacer. Pero no vuelvas a poner tus ojos en lo que es mío, ¿entendiste?
Jade forcejeó y Mariam la soltó como si le asqueara. La pelinegra retrocedió dos pasos, con una mano en el cuello, tomando aire en sacudidas cortas y los ojos enrojecidos y desorbitados.
Mariam señaló la puerta.
—Lárgate. —No gritó—. Lárgate de mi cuarto.


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