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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 24

C24-HASŪD (ENVIDIOSA)

El hammam privado de la segunda esposa era una obscenidad en lujo, hecho de mármol blanco con paredes revestidas en mosaico de nácar y oro, una bañera empotrada en el suelo con forma ovalada que podía contener a tres personas sin que nadie se rozara los codos, grifos de latón dorado, velas encendidas en los nichos de la pared aunque fuera de día, y sobre la repisa, una hilera de frascos de aceite de argán, jazmín y oud que costaban más que cualquier alquiler mensual de un apartamento en Manhattan.

Mariam estaba hundida hasta los hombros en el agua caliente, con el cabello recogido en un moño alto y la esponja de seda natural moviéndose despacio por su brazo, sin ritmo, porque su cabeza estaba en otro lugar completamente.

«Mi hijo siempre ha estado enamorado de ti…»

Las palabras de Sila volvieron solas, como volvían desde que salió de esos aposentos hace una hora. La esponja se detuvo y algo en su estómago se movió, suave primero, luego con más fuerza, como mariposas y cosquillas mezcladas en una proporción que no tenía ningún sentido dado todo lo que había pasado en los últimos dos días.

—¿Será posible? —murmuró.

Sin darse cuenta una sonrisa pequeña empezó a formarse en la comisura de su boca, pero entonces llegaron las otras palabras.

Las de él.

«Caprichosa. Mimada. ¡Tú forzaste este matrimonio, Mariam! ¡¿Por qué?!»

Y la peor, la que había dicho con esa frialdad de jeque que no necesita subir la voz para cortar:

—Hasūd. (envidiosa)

Y así la sonrisa desapareció, la esponja, que había estado moviéndose despacio, se detuvo del todo y esta vez sus dedos la apretaron y apretaron más.

—Desgraciado. —siseó ya no con suavidad—. ¿Qué vas a saber tú de amor? —La esponja crujió entre sus dedos—. De lo único que sabes es del desprecio. Del silencio. De mirar a alguien como si fuera un problema que hay que resolver. —Soltó el aire por la nariz—. Seguro tu madre vio cosas donde no las hay. Como siempre. Como todo el mundo en este maldito palacio que ve lo que quiere ver.

Hizo una pausa.

—Amor. —Se rio sin humor—. Sí, cómo no.

Soltó la esponja y se hundió despacio hasta el fondo de la bañera como una pequeña rendición, furiosa consigo misma por haber sonreído aunque fuera un segundo, por haber dejado que las palabras de una madre anciana le movieran algo que debería tener bajo siete llaves, se hundió en el agua hasta que le mojó el cabello.

Cuando salió el calor la envolvió y le llenó los pulmones. Y en ese silencio húmedo y dorado, con las velas parpadeando en los nichos y el oud flotando en el aire, Mariam Sabag tomó y reafirmó su decisión.

Escapar cuanto antes de ese palacio, cruzar esa frontera, volver a un mundo donde nadie le dijera cuándo hablar ni a quién besar la mano. Tener a su bebé en un lugar donde ese niño o esa niña pudiera elegir su propia vida.

Y olvidar que alguna vez conoció a Zayd Al-Rashid.

(…)

Las tribus beduinas del norte llevaban tres generaciones siendo un problema sin resolver.

Nómadas de sangre antigua, con lealtades que no reconocían fronteras trazadas en papel y una memoria larga para los agravios. El linaje Al-Rashid les había quitado tierras de pastoreo décadas atrás, cuando el petróleo convirtió el desierto en dinero y el dinero en política.

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