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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 43

C43- DIVORCIEMONOS.

—¿Qué significa esto, Zayd?

La voz cortó el vapor como un cuchillo y los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Jade estaba en la entrada del hammam con los puños apretados a los costados y el rostro descompuesto por una mezcla de furia y dolor que no alcanzaba a disimular. Sus ojos recorrieron la escena con una velocidad brutal: Zayd desnudo, el agua todavía en su piel y Mariam con la abaya abierta por los hombros y la expresión de quien acaba de ser arrancada de otro mundo.

No había ambigüedad posible. Lo supo en un segundo y ese segundo le costó algo que no iba a recuperar.

Había ido a buscarlo porque lo extrañaba.

Así de simple y así de doloroso.

Había pasado la tarde entera diciéndose que no lo haría, que tenía orgullo, que no iba a presentarse en su alcoba como una suplicante. Y luego había ido de todas formas, porque dos años de matrimonio y el calor de ese hombre en la cama eran más fuertes que cualquier argumento que su cabeza pudiera construir.

Había pensado que esta noche, quizás, podría recuperar algo de lo que se había ido apagando sin que ella entendiera del todo por qué y lo encontró aquí.

Entregándose a ella.

A la mujer que lo despreciaba.

A ella que había llegado con sus ojos azules y su frialdad calculada y había tomado todo lo que Jade llevaba dos años construyendo.

«Que Alá te maldiga» pensó «Que te maldiga y te borre de este palacio y de su vida y de la mía.»

Mariam, por su parte, no pensaba en Jade.

Pensaba en ella misma con una vergüenza que le subía desde el estómago hasta la cara, caliente y acusadora.

¿Qué había hecho? ¿Qué había permitido?

Había entrado a buscar a Laila y había terminado con la abaya abierta y los ojos cerrados y las manos de Zayd en su cuerpo, olvidando, olvidando completamente que ese hombre no era solo suyo, que había otra mujer en ese palacio que también llevaba su nombre y que su orgullo que era lo único que nadie podía quitarle, ella acababa de regalárselo al vapor y a una boca que no tenía ningún derecho a desmantelarla así.

Se tapó.

Rápido, con manos que no terminaban de obedecerle, y apartó a Zayd con un empujón que él recibió sin moverse demasiado pero que entendió de inmediato, luego giró hacia la salida.

Pero Jade se corrió al centro de la puerta.

—Tú no vas a ningún lado. —Su voz temblaba en los bordes—. Desde que llegaste has estado seduciéndolo deliberadamente. Desde el día que entraste por esa puerta, has hecho todo lo posible para…

—Jade. —Mariam la interrumpió con una calma que costaba más de lo que mostraba—. Zayd también es mi esposo y lo que pasa entre nosotros no necesita tu autorización. —hizo una pausa—. Y si quieres hablar de líneas que no se cruzan, quizás deberías empezar por la tuya.

Jade abrió la boca.

Pero Mariam ya había pasado por su lado y sus pasos resonaban sobre el mármol alejándose por el corredor, con pasos rápidos y rectos, sin mirar atrás, con la abaya húmeda y el corazón todavía desbocado y la vergüenza clavada en el pecho como una astilla que no sabía cómo sacarse.

El silencio que quedó en el hammam era de otro tipo.

Zayd tomó la bata de seda negra del gancho junto a la fuente, se la puso despacio y se apretó el nudo con esa lentitud que tenía para hacer cualquier cosa cuando estaba controlando algo por dentro, luego se giró hacia Jade.

Pero Jade habló primero.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿Ves lo que ella te hace?

—No hago nada que esté condenado por Alá, porque Mariam es mi esposa.

—¡Yo también! —El control que Jade había mantenido durante dos años se quebró en esas dos palabras—. ¡Yo también soy tu esposa, Zayd! ¡Lo he sido por dos años!

Las lágrimas le mojaban las mejillas y no hizo nada por ocultarlas, tenía los ojos rojos, los puños todavía apretados y la dignidad hecha añicos en el suelo del hammam.

Zayd apretó las manos dentro de los bolsillos de la bata.

No dijo nada.

—Desde que ella llegó —continuó Jade, con la voz quebrándose en cada sílaba—, desapareciste. Me hiciste a un lado como si yo no existiera. Entiendo que necesitas un hijo, entiendo que yo no puedo dártelo, pero eso no te da derecho a ignorarme, a humillarme como acabas de hacer.

Zayd la miró y asintió.

—Jade… tienes habitación, tienes personal, tienes todo lo que necesitas en este palacio, yo…

Jade lo miró fijo y su respuesta no hizo más que aumentar su dolor.

Eso era todo.

Eso era lo que tenía para darle.

Una habitación. Personal. Todo lo que necesitas.

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