C54- NO TE QUIERO CERCA.
Jade abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz que se filtraba por las cortinas. Estaba completamente desnuda, envuelta en las sábanas revueltas que aún conservaban el calor de la noche anterior.
Al intentar moverse, un dolor punzante entre sus piernas la hizo contener la respiración.
No era un dolor cualquiera; era el tipo de molestia que hablaba de embestidas, de manos aferradas a sus caderas.
Sonrió.
Se sentía satisfecha.
Plena.
Zayd había estado allí, con ella, poseyéndola.
—Mentiroso… —musitó—. ¿Y dices que era por obligación?
Respiró hondo, estiró los brazos y se incorporó con cuidado. En cuanto sus pies tocaron el suelo, sintió el líquido tibio que se deslizaba por el interior de sus muslos. Bajó la mirada y vio las huellas blancas del semen corriendo por su piel.
En lugar de incomodidad, una oleada de placer la invadió.
Sonrió aún más, mordiéndose el labio inferior mientras pasaba los dedos por esa evidencia de lo que habían compartido y eso era suficiente.
Por ahora, era más que suficiente. Intentó recordar detalles de la noche con Zayd, pero todo estaba borroso.
Lo atribuyó al cansancio y al placer intenso, sacudió la cabeza y llamó a Hala.
La sirvienta entró en menos de un minuto, con esa puntualidad entrenada que Jade exigía, y al verla entre las sábanas revueltas, con el cabello suelto y esa expresión en la cara, Hala bajó la cabeza con una sonrisa discreta.
—Sabāḥ al-nūr, sayyidatī. —(Buenos días, mi señora.)
—Prepárame el baño —ordenó—. Agua caliente y aceite de jazmín.
Hala obedeció sin una palabra extra.
Poco después, Jade se duchó despacio, sin apuro, dejando que el agua caliente le trabajara los músculos. Se vistió con una abaya de seda azul marino, se peinó, se aplicó el perfume en las muñecas y cuando se miró en el espejo antes de salir, lo que vio la satisfizo.
Mariam ya estaba en el comedor cuando llegó.
Sentada frente a su taza de té, con la espalda recta y los ojos en la ventana, como si el jardín afuera fuera lo más interesante del mundo. No levantó la vista cuando Jade entró, tampoco la saludó, siguió desayunando como si estuviera sola.
Jade alzó una ceja, sonrió un poco más y tomó asiento frente a ella.
—Buenos días —dijo, con una amabilidad que tenía filo por debajo.
Mariam no respondió sino que tomó un sorbo de té.
—¿Muda prima? —se burló y llamó a una sirvienta, pidió su desayuno, y mientras esperaba, cruzó las manos sobre la mesa con esa calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.
—Dormí muy bien —comentó, sin dirigírselo a nadie en particular—. Zayd siempre fue... intenso. —Hizo una pausa breve disfrutando del dolor que causaba—. Supongo que tú también lo sabes.
Mariam dejó la taza sobre el platillo con más fuerza de la necesaria y esta vez sí la miró.
—Qué bien por ti. Pero ahórrate los detalles, no son de mi interés.
Jade esperaba más.
Esperaba ver algo moverse en esa cara, un temblor en la mandíbula, los ojos brillar de más. Pero Mariam siguió desayunando como si acabara de comentar el clima, y eso, por alguna razón, la irritó.
Así que siguió hablando.


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