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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 6

C6: ¿ERES VIRGEN?

Mariam se quedó inmóvil. El corazón se le tensó en el pecho como una cuerda a punto de romperse, sintió que el tiempo se detenía mientras su madre esperaba una respuesta.

—No —respondió finalmente, obligándose a enterrar cualquier sentimiento—. No siento absolutamente nada por él, madre. Eso quedó en el pasado.

Pero su cuerpo la traicionaba.

El pulso acelerado, las palmas sudorosas, ese calor que subía por su cuello cada vez que pensaba en el beso que le dio... sensaciones que intentaba enterrar bajo capas de resentimiento.

Amira observó a su hija con ojos sabios y una sonrisa triste se dibujó en su rostro mientras acariciaba la mejilla de Mariam.

—Habibti, (mi amor) mis ojos han visto demasiados amaneceres para que puedas engañarme. Tus ojitos nunca han sabido mentir. Lo sigues amando, porque solo el amor puede empujar a alguien a hacer lo que tú hiciste.

El silencio que siguió estaba cargado de verdades no dichas. Y Mariam recordó cómo la intensidad de ese sentimiento la había consumido hasta los huesos, cómo Zayd la había catalogado como una intrusa en su vida.

Aun así, ella había estado dispuesta a ganarse su corazón con paciencia y devoción, pero ahora ya no estaba dispuesta, ya no le importaba.

Lo único que ansiaba era su libertad.

—Estás equivocada, madre. Ya no soy la misma ingenua de antes —declaró—. He aceptado casarme solo por el bebé.

Amira la miró con dolor reflejado en sus ojos.

—Te estás condenando a una vida de infelicidad, mi niña. Deberías tratar de llevarte bien con Jade y ser una esposa complaciente con Zayd, estoy segura de que él llegará a amarte, solo es cuestión de que…

Mariam negó y por un momento, estuvo a punto de revelarle su plan de irse con su bebé lejos de allí, pero se contuvo. Porque su madre, a pesar de su amor, era sumisa a las tradiciones y era seguro que le contaría todo a su padre y arruinaría cualquier posibilidad de escape.

—Deberíamos ir de compras, ¿no crees? —cambió de tema con una sonrisa calculada—. Después de todo, es la mejor parte de celebrar una boda.

El rostro de Amira se iluminó, se acercó y besó la frente de su hija con ternura.

—Es una idea maravillosa —asintió, luego la miró de arriba abajo con expresión crítica—. Pero antes tienes que vestirte como lo que eres: una chica saudí.

Dos horas después, la limusina negra se detuvo frente al Royal Mall de Riad. Amira descendió primero, seguida por Mariam, quien ahora lucía una abaya de seda negra con intrincados bordados dorados.

El hijab, elegantemente colocado, enmarcaba su rostro dejando visibles solo sus ojos azules, estaban acompañadas por dos guardaespaldas que mantenían una distancia respetuosa, madre e hija recorrieron las tiendas exclusivas donde solo las familias más adineradas de Arabia Saudí podían permitirse comprar.

—Deberíamos visitar La Perle —sugirió Amira con una sonrisa cómplice—. Tienen los mejores conjuntos de laylat al-zifaf que una novia podría desear.

—¡Mamá! —exclamó Mariam, sintiendo que el rubor subía por sus mejillas.

Amira rio suavemente, disfrutando de la reacción de su hija ante la mención de la ropa para la noche de bodas.

(…)

Al mismo tiempo, en el otro extremo de la ciudad, la imponente estructura del Palacio Al-Rashid se alzaba. Zayd descendió de su Rolls-Royce mientras varios sirvientes se inclinaban a su paso. Su figura alta y poderosa envuelta en la tradicional túnica blanca y el ghutrah perfectamente colocado.

—Jeque Zayd —lo saludó el mayordomo principal con una reverencia—. Su padre lo espera en el salón principal.

Zayd asintió sin sonreír.

Avanzaba por los pasillos cuando una figura femenina apareció súbitamente, bloqueando su camino. Jade estaba agitada, con la respiración entrecortada que delataba que había corrido, sus ojos, normalmente serenos, mostraban ahora una mezcla de ansiedad y rabia apenas contenida.

—¿Vino contigo? —preguntó directamente, sin saludar—. ¿Mariam está aquí?

La mandíbula de Zayd se tensó el único indicio de la tormenta interior que solo el nombre de ella provocaba en él. Después de que Mariam aceptara casarse con él, le comunicó su decisión a Jade por teléfono y aunque ella se mostró calmada, sabía que no lo estaba.

En Arabia Saudí, las esposas de los jeques tenían poco poder para oponerse a las decisiones matrimoniales de sus maridos, por lo que Jade había tenido que aceptarlo, aunque internamente se consumía de rabia.

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