C68- EL PODER EN SUS MANOS
Zayd llegó al palacio más tenso que nunca.
Había tenido que contenerse.
En la oficina de Mustafá, cuando vio que el hombre seguía de pie, seguía hablando, seguía justificándose, algo en él quiso cerrar esa distancia de otra manera.
Devolverle el golpe.
Hacerlo sentir en su propia cara lo que Mariam había sentido.
Pero no lo hizo, y no porque no pudiera.
Lo hizo porque un Al-Rashid no peleaba en público con el suegro de su esposa. No en Riad, no con cámaras en cada torre de cristal, no cuando su nombre era lo primero que aparecía en cualquier titular del reino.
Un jeque no se manchaba las manos así. Pero había formas más limpias, más permanentes, de destruir a un hombre y lo haría.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Mariam, respiró una vez. Soltó los hombros, bajó la manilla y entró.
Mariam se giró de golpe desde donde estaba parada junto a la ventana. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos abiertos, nerviosos, leyéndolo de arriba abajo como si intentara calcular el daño.
Sabía cuáles eran las consecuencias de lo que su padre había hecho.
Y aunque una parte de ella quería decirse que no era su problema, que Mustafá había tomado sus propias decisiones, su mente seguía volviendo a Noura.
A su madre.
A Einar, que no tenía nada que ver con nada de esto.
—Zayd...
Él la miró en silencio durante un momento, luego dijo.
—Siéntate.
Ella lo hizo sin dejar de mirarlo, bajándose despacio al borde de la cama. Zayd se acercó y dejó sobre el colchón una carpeta de cuero negro con el sello dorado de Al-Rashid Enterprises grabado en la esquina. Luego se sentó junto a ella, demasiado cerca. Lo suficiente para que Mariam sintiera su calor y se tensara sin poder evitarlo.
Entonces abrió la carpeta frente a ella.
Los documentos eran claros, detallados, firmados por tres abogados distintos.
Eran órdenes de cancelación de todas las licencias de importación de Mustafá, demandas civiles y comerciales que, ejecutadas en simultáneo, lo llevarían a la bancarrota total en menos de veinticuatro horas.
Todo listo. Todo esperando una firma.
—Fui a ver a tu padre —dijo Zayd, sin apartar los ojos de ella—. Y sabe que si vuelve a mirarte, a tocarte, a respirar cerca de ti... lo destruyo.
Mariam miró los documentos, procesando lo que tenía delante, y algo en su pecho se apretó de una manera que no supo cómo nombrar.
Él había ido. Había ido por ella.
Quiso ignorarlo, quiso guardarlo en la misma caja donde guardaba todo lo que Zayd hacía que la descolocaba, pero no pudo hacerlo tan rápido, aun así se recompuso.
—No tenías que hacerlo. —Mantuvo la voz firme—. No quiero tus rescates. Esto es... esto parece una...
Zayd le tomó la mano, abrió sus dedos con cuidado y colocó una pluma de oro en su palma. Mariam se quedó mirándola sin hablar, con el pulso acelerado y sin entender del todo lo que estaba pasando.
—No firmaré esto si tú no quieres —dijo él—. Sé que me rechazas y puedo soportar que me odies a mí. —Hizo una pausa—. Pero no voy a soportar que nadie te lastime. El negocio de tu padre está en tus manos ahora. Si firmas, mañana Mustafá no tendrá ni para pagar el alquiler de su oficina. Si no firmas, lo dejo en paz. Tú tienes el control, dime qué hacer con él, Mariam.
El silencio que siguió fue absoluto.
Mariam lo miró, miró la pluma y volvió a mirarlo a él.
Había esperado que entrara como un dictador, que le dijera lo que iba a pasar, que le presentara los hechos consumados como siempre. En cambio, el hombre que tenía al lado acababa de poner el destino de su padre en sus manos y estaba esperando, en silencio, lo que ella decidiera.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!