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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 86

C86-EL PESO DEL HONOR

El gran Majlis del palacio principal no era solo una sala.

Era el corazón político de la familia Al-Rashid, el espacio donde durante generaciones se habían tomado las decisiones que movían tierras, alianzas y sangre.

En Arabia Saudí, el Majlis era la institución más antigua de gobierno tribal: una asamblea donde el jeque se sentaba con los ancianos y los hombres de la familia para resolver los asuntos que afectaban al clan.

No era una sugerencia.

Era la ley no escrita que corría por debajo de todas las leyes escritas, y nadie, ni siquiera el hijo mayor, se sentaba en ese salón a ignorar lo que se decidía dentro de sus paredes.

Y en ese momento, los ancianos de la tribu ocupaban los amplios sofás de terciopelo que bordeaban las paredes de mármol. Usando sus thobes blancos, ghutras perfectamente colocados, bastones apoyados en las rodillas en un silencio total.

A la cabeza de la sala estaba el Jeque Ibrahim.

Ochenta y dos años, había gobernado esta familia durante décadas y había aprendido que la autoridad no necesitaba volumen para aplastarte.

Entonces Zayd entró.

Portaba la thobe con la naturalidad de quien nació vistiéndola, el bisht negro sobre los hombros, el ghutra colocado con precisión. Nadie que lo mirara desde afuera hubiera visto la tormenta. Pero los hombres de ese salón lo conocían desde que tenía cinco años, y todos notaron la tensión en su mandíbula y la forma en que sus ojos recorrieron la sala antes de sentarse.

Se sentó frente a su padre y esta vez Ibrahim no lo saludó.

—Tu arrogancia nos está costando el honor, Zayd. —La voz del viejo jeque llenó la sala sin esfuerzo—. El rumor ya corre entre los sirvientes y las familias aliadas. Tu segunda esposa intentó huir de tu propio techo. Y fue encontrada con un extranjero. Un infiel.

Zayd no parpadeó, pero sus puños se cerraron con impotencia.

—Mariam está bajo mi custodia. El asunto está resuelto.

—¡No está resuelto!

Uno de los ancianos golpeó el suelo con el bastón. Se llamaba Mansour, tenía setenta años y era el miembro más antiguo del consejo después de Ibrahim.

—Una mujer que desafía a su esposo de esa manera, que deshonra el nombre de esta dinastía buscando la compañía de un extraño, es una Nashiz. —Hizo una pausa para que la palabra aterrizara—. Una desobediente. Y la ley es clara en esto, Zayd. No es nuestra opinión. Está en el Corán, en la jurisprudencia islámica y en el Código de Estatus Personal saudí. Una esposa que abandona el hogar conyugal sin permiso del marido, que mantiene contacto con un hombre ajeno, pierde sus derechos de protección y puede ser repudiada sin compensación económica adicional. Eso no lo decidimos nosotros. Lo decidió Dios antes que nosotros.

Ibrahim se inclinó hacia adelante.

—Exigimos el Talaq, Zayd. —Lo dijo despacio, mirando a su hijo a los ojos—. Lo pronuncias hoy ante el Ministerio de Justicia. Tres palabras. Eso es todo lo que se necesita legalmente. Le asignaremos una casa en Najd, completamente vigilada, donde nadie pueda verla ni hablar de ella. Cumpliremos con la Nafaqa, la obligación legal de mantenerla durante el embarazo, porque eso no se negocia. Pero en el segundo en que ese niño nazca, los guardias te lo entregarán y… Jade criará a ese heredero como corresponde a nuestra sangre. —hizo una pausa—. Esa mujer no volverá a pisar este palacio.

Los ancianos asintieron uno por uno.

Zayd miró a su padre, luego miró a Mansour, luego recorrió cada cara en ese salón con una lentitud que no tenía nada de deferencia.

Por dentro, algo en él se apretó con una fuerza que no supo dónde poner.

Porque Ibrahim no estaba equivocado en los hechos.

Eso era lo que lo destrozaba por dentro.

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