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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 89

C89- LOS HOMBRES SE CONQUISTAN DE DOS MANERAS

Mariam dejó que el silencio se asentara, dejó que Jade se quedara con su sonrisa y sus palabras flotando en el aire de la habitación, creyendo que había ganado algo.

Luego habló.

—Jade. ¿Cuántos años llevas ensayando ese discurso?

Su prima parpadeó.

—Porque lo tienes muy pulido. —Mariam inclinó la cabeza ligeramente—. Las leyes, el repudio, el bebé. Todo muy ordenado, muy preciso. —hizo una pausa—. El problema es que llevas años usándolo conmigo y todavía no has entendido que no me funciona el miedo de la misma forma que a ti.

—No te estoy amenazando. Te estoy explicando la realidad.

—No. —Mariam dio un paso hacia ella—. Me estás explicando tu realidad. La única que conoces. La de una mujer que lleva toda la vida mirando lo que tienen los demás y contando lo que le falta a ella. —Lo dijo con la crueldad necesaria—. Yo te conozco desde que teníamos quince años, Jade. Te conozco mejor de lo que te gustaría.

Jade abrió la boca.

—No. Ahora hablo yo. —Mariam no subió la voz ni un tono—. Siempre has estado furiosa conmigo. Desde el principio. Desde antes de Zayd, desde antes del palacio, desde antes de todo esto. Y durante años me pregunté qué había hecho yo para merecer esa rabia tuya. Pero ya lo entendí. No hice nada. Ese es exactamente el problema.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Sé exactamente de lo que estoy hablando. —Los ojos de Mariam no se apartaron de los de ella—. Perdiste a tus padres siendo una niña. Eso es un dolor real, Jade. Nadie te lo quita. Pero los Sabag te abrieron su casa, te dieron un techo, una familia, un apellido que te protegió. —Se acercó un paso más—. Y en lugar de agarrarte a eso, decidiste pudrirte por dentro mirando lo que yo tenía. Mi cuarto, mis cosas, la atención de mi padre, los amigos que hacía. —la miró con lástima—. Lo que está podrido está podrido, Jade. Y eso no es culpa mía. Yo no me llevé a tus padres. Alá lo hizo y si tienes un reclamo, házselo a Él, no a mí.

Jade tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes de una rabia que no encontraba por dónde salir.

—Eres una arrogante —dijo con la voz tensa.

—No. Soy una mujer que lleva años aguantando tu veneno en silencio y que hoy decidió no hacerlo más. Y en cuanto a lo que dijiste de mi hijo. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. —Sus ojos se clavaron en los de Jade con una fijeza que no parpadeó—. Ese niño nunca, nunca, te va a llamar madre. Ni cuando yo esté encerrada aquí, ni cuando esté lejos, ni cuando esté muerta. Porque la única madre que conocerá seré yo, ¿Quedó claro?

El silencio que siguió fue el más pesado de toda la conversación y Jade tardó tres segundos en recuperarse. Cuando lo hizo, su sonrisa volvió, pero era diferente. Tenía fisuras.

—Puedes decir lo que quieras. Pero no puedes luchar contra las leyes de este país. Todos están pidiendo tu cabeza, Mariam. El consejo, los ancianos… Y yo voy a disfrutar cada segundo cuando finalmente caigas. Cuando Zayd no pueda seguir protegiéndote y tengas que enfrentar lo que hiciste. Voy a estar en primera fila y voy a…

—¿Por qué estás pasando por encima de mi hijo?

La voz llegó desde la puerta y Jade se giró de golpe.

Mariam miró hacia atrás.

La madre de Zayd, Sila Al-Rashid estaba en el umbral de la habitación, los guardias del corredor no habían intentado detenerla.

Nadie detenía a Sila Al-Rashid.

Se detuvo frente a Jade y la miró de arriba abajo.

—Esta habitación —dijo con suavidad helada— está bajo la custodia directa de mi hijo. Y la mujer que está en ella lleva al próximo heredero de esta familia. ¿Con qué autoridad entras aquí a vomitar veneno sobre la madre de ese niño?

Jade abrió la boca.

—Yo solo vine a…

—No. Tú no viniste a ver cómo estaba tu prima. Tú viniste a disfrutar del dolor de alguien que está encerrada y no puede defenderse. —Sus ojos no parpadearon—. Eso no es lo que hace una primera esposa de esta familia. Eso es lo que hace una mujer pequeña con demasiado tiempo libre y demasiado rencor acumulado. —se giró señalando la puerta—. Sal de esta habitación, Jade. Ahora.

El color abandonó la cara de Jade, miró a Sila, miró a Mariam. Y en esa fracción de segundo en que sus ojos pasaron de una a la otra, Mariam vio algo que nunca antes había visto en ella.

Impotencia real.

Jade recogió lo que le quedaba de compostura, giró sobre sus talones y salió dejando la puerta abierta.

Pero la calma no llegó, porque Mariam exhaló despacio y se preparó. Ahora venía la segunda tanda. Sila Al-Rashid no era Jade, no era veneno barato ni rencor de adolescencia. Era la madre de Zayd y ella le había humillado al hijo delante de medio Riad.

Si alguien tenía derecho a destrozarla con palabras, era ella.

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