Pasaron cuatro días.
Natalia seguía atrapada en su habitación.
Había adelgazado visiblemente; sus mejillas se veían mucho más delgadas.
No era que no quisiera comer, sino que su sentido del olfato se había vuelto extremadamente sensible. El más mínimo olor a comida le provocaba náuseas intensas, seguidas de vómitos incontrolables.
Con el estómago ya vacío, vomitaba hasta que solo salía bilis amarga.
Llegó un punto en que ni siquiera la fruta, que antes podía tolerar, le pasaba. En cuanto la probaba, la devolvía.
Tantos días sin poder comer la habían dejado extremadamente débil.
Si se quedaba de pie un rato o caminaba un poco rápido, sentía palpitaciones, le faltaba el aire y las piernas le temblaban.
Incluso se desmayó una vez. Ese día, la sirvienta le llevó la comida y, por más que tocó, nadie respondió. Al entrar, la encontró tirada en el suelo, pálida como el papel.
Ahora, solo podía mantenerse con el suero de glucosa que le administraban a diario.
Sus ojos, antes brillantes, habían perdido todo su esplendor, como si estuvieran cubiertos por una gruesa capa de polvo.
Pasaba los días sentada frente al ventanal, con la mirada perdida, como un pájaro con las alas rotas en una jaula dorada, casi sin fuerzas para luchar.
Para ella, esos pocos días habían sido tan largos como un siglo.
Incluso empezó a dudar si aguantaría hasta que Susana la encontrara.
***
Esa mañana, el ambiente en el estudio era tenso.
El médico, de pie frente al escritorio, observaba el rostro de Ricardo, tan sombrío que parecía a punto de llover, y esperaba con cautela sus preguntas.
—¿Cómo está ella ahora? —La voz de Ricardo era gélida.
El médico respondió con la verdad:
—El bebé está estable por ahora, pero la señora Natalia tiene náuseas muy severas. Prácticamente no puede comer nada y ha adelgazado muchísimo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Despedida de Señora León