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La Despedida de Señora León romance Capítulo 7

Por la tarde, Ricardo fue a la cárcel.

En parte porque Ramón Rivas insistía en verlo, y en parte porque era hora de saldar por completo las cuentas de hacía siete años.

Al otro lado del cristal de la sala de visitas, en cuanto Ramón Rivas lo vio, sus ojos se encendieron como el fuego. Una sonrisa servil se dibujó en su rostro y su voz sonó apremiante.

—¡Ricardo, por fin llegaste!

Ricardo no respondió. Sus labios estaban sellados por una capa de hielo. Fue directo al grano.

—¿Quieres salir?

Ramón Rivas, creyendo que su salvador había llegado, asintió tan rápido que parecía un muñeco, temeroso de perder su oportunidad si tardaba un segundo más.

—¡Ricardo, soy inocente! ¡Consígueme el mejor abogado, seguro que podemos ganar el caso!

Ricardo tomó los documentos que Samuel le entregó, los apoyó en el cristal y los deslizó frente a él.

—¿Te acuerdas de él? Franco Rosales, no te debe sonar extraño, ¿verdad?

El rostro de Ramón Rivas perdió todo el color. Sus pupilas se contrajeron y su voz tembló.

—Él… ¿qué tiene que ver él contigo?

—Un amigo íntimo de la familia León.

La mirada de Ricardo era como un cuchillo afilado, clavada en él, con una ferocidad que helaba la sangre.

—Tres vidas. ¿De verdad crees que vas a salir de aquí?

El frío al otro lado del cristal parecía palpable. El pánico de Ramón Rivas era evidente, y empezó a balbucear excusas sin sentido.

—¡Ricardo, es un malentendido! ¡No es lo que piensas! ¡Fue Franco el que no cumplió su palabra, quería quedarse con todo el proyecto…!

Ricardo lo observó en silencio, sin la más mínima alteración en su mirada.

Al ver que no reaccionaba, Ramón Rivas entró en pánico por completo. Él era su única esperanza.

—¡Ricardo, por Nati, ayúdame esta vez! ¡Al menos soy su padre!

Una sonrisa casi imperceptible, tan fría como el hielo, se dibujó en los labios de Ricardo.

—Te sobreestimas a ti mismo, y la sobreestimas a ella.

—Ah… se fue de viaje.

La señora murmuró al otro lado, con un deje de decepción.

—Hace unos días me dijo que este fin de semana me acompañaría a la ópera.

—A ella no le gusta la ópera. Pídele a mi hermano que te acompañe.

Ricardo respondió con indiferencia.

—¿Tu hermano? Está tan ocupado que ni se le ve el pelo, ¿de dónde va a sacar tiempo?

La señora suspiró suavemente, con un atisbo de resignación en su voz.

—Tener hijos y nietos tan exitosos no siempre es bueno. Es difícil hasta para juntar a la familia a comer.

—Me está entrando otra llamada —dijo Ricardo—. Cuando vuelva, iremos a verla juntos.

Tras colgar, sacó un puro. La punta de su dedo rozó el encendedor metálico, que se encendió con un chasquido y una llama azulada.

***

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