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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 106

Entonces, la única persona que conocía su relación con Eliana y a la que le importaba lo suficiente como para interferir, era Regina. Recordó que, en aquel entonces, cuando tuvo que huir de forma repentina, fue ella quien le sugirió que le enviara esos mensajes tan crueles a Eliana.

Ahora, al mirar a la elegante y sofisticada Regina junto a Don Octavio, los ojos de César se entrecerraron, escrutándola con desconfianza.

Sin embargo, a los ojos de los demás, esa mirada tenía una interpretación completamente distinta.

Los invitados que observaban la escena comenzaron a murmurar entre ellos.

—Don Octavio trajo a Regina esta noche, la intención es bastante obvia. ¿Está buscando asegurar el puesto de Señora de Soto?—

—Regina realmente ha demostrado su valía. Es, sin duda, la más destacada de su generación en la familia Guerrero; es lógico que el abuelo tenga grandes esperanzas en ella—.

—La verdad es que hacen una pareja perfecta, parecen de revista. Además, mira cómo la observa el Señor de Soto. Vaya, el interés es mutuo, sin duda—.

—Ay, de haber sabido, habría traído a mi sobrina para probar suerte. ¿Y si le llamaba la atención al Señor de Soto?—

—Por favor, ¿acaso tu sobrina se puede comparar con Regina?—

—¿Y qué si no se puede comparar? Mi sobrina tiene sus propios encantos. Ya sabes cómo son los hombres, siempre quieren más—.

La conversación empezó a volverse cada vez más vulgar. Eliana solo sentía fastidio. Justo cuando estaba a punto de levantarse para irse, Manuel la rodeó por los hombros con un gesto protector: —¿Qué pasa? ¿No te sientes bien?—

César siempre mantenía a Eliana en el rabillo del ojo, y al ver la mano de Manuel sobre su hombro, sus pupilas se dilataron.

—Mjm—, murmuró Eliana sin ganas.

Al ver a Luis y a Manuel alejarse, el cuerpo tenso de Eliana por fin se relajó. Aunque estaba ahí solo para actuar su papel, no quería tener ningún contacto físico con Manuel si no era estrictamente necesario.

Cambiar de vestido le daba igual; total, iba a estar sentada sin hablar con nadie. Al menos así mataba el tiempo.

Recibió la elegante caja que le entregó un asistente, un mesero la guio hasta el segundo piso y la dejó en una habitación de descanso para invitados.

Al entrar, Eliana cerró la puerta tras de sí y sintió cómo sus músculos se relajaban poco a poco. Justo cuando sus dedos tocaron los delicados botones del cuello alto de su vestido, escuchó un suave —clic—. La puerta se había bloqueado desde adentro.

Y, sin previo aviso, las luces se apagaron, sumiendo la habitación en una oscuridad tan espesa que no podía ver ni su propia mano.

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