El hombre intentó insistir.
De inmediato, Manuel le quitó la copa a Esther y sentenció con un tono que no admitía réplicas: —Ella no va a beber, lo haré yo por ella.
—¡Uy, el señor Romano es todo un caballero! Si bebes por ella, tiene que ser el doble —comenzaron a animarlo.
Otro miró a Eliana: —¿Y usted no nos acompaña? Es la primera vez que la tenemos por aquí.
Eliana no dijo nada.
Manuel intervino: —Eliana, toma algo con ellos. Es la primera vez que vienes, no les arruines la fiesta.
—¡Ándele, acompáñenos con una copa!
Todos se unieron a la presión.
Eliana esbozó una sonrisa sumamente cortés: —Una disculpa, he estado enferma y me tomé una medicina para el resfriado antes de salir.
Empujó suavemente la copa hacia el centro de la mesa: —Ustedes sigan.
Luego se puso de pie con total naturalidad: —Voy al baño un momento.
Salió de la sala y cerró la puerta a sus espaldas.
El ruido ensordecedor de la música y las risas quedaron ahogados del otro lado, dejando el pasillo en un absoluto silencio.
Ya en el baño, la sonrisa se borró de su rostro frente al espejo, dejando solo una expresión tan fría que ella misma apenas se reconoció.
El celular vibró.
*Abogada Vargas: Los documentos están listos. Podemos iniciar la demanda en cuanto nos diga.*
Eliana miró esas líneas y tamborileó lentamente los dedos sobre la pantalla.
De vuelta en la puerta de la sala, escuchó el alboroto adentro: —¡Beso! ¡Que se besen!
—¡Señor Romano, bésela!

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