—Bueno... —César se quedó sin palabras por un instante.
La verdad era que él tampoco tenía idea. Había pasado los últimos años consolidando su posición como líder de la familia en medio de crisis constantes; nunca tuvo el lujo ni el tiempo para asuntos románticos. Estaba a punto de inventar que tenía muchísima experiencia, pero al ver los hermosos ojos entrecerrados de Eliana, sintió un escalofrío en la espalda. Su instinto de supervivencia se activó y cambió bruscamente el rumbo de la conversación.
—Por supuesto que no lo sé. También es mi primera vez. —La miró con total seriedad, con una expresión devota pero cautelosa—: Pero me esforzaré mucho en conquistarte. Cuando sientas que estás lista para aceptarme, sé mi novia, ¿te parece?
El corazón de Eliana se derritió. La verdad es que sentía que podía serlo en ese mismo instante.
Ese pensamiento le dio vueltas en la cabeza, pero al final la vergüenza le impidió decirlo en voz alta. Además, una pequeña parte de ella estaba ilusionada y sentía curiosidad por ver cómo César intentaría conquistarla.
Luego recordó otra cosa: si él iba a cortejarla, seguramente le daría una explicación sobre el compromiso arreglado, ¿verdad? Confiaba en que César no la engañaría. Así que, simplemente esperaría.
—Está bien —asintió Eliana suavemente. Trató de calmar los latidos de su corazón y forzó un cambio de tema—: Para ir a ver a tu abuelo, ¿necesito preparar algo?
—No hace falta que lleves nada, tranquila —dijo César, mirándola con ternura.
Alargó la mano para acomodarle un mechón de cabello suelto detrás de la oreja y aprovechó para advertirle: —El abuelo es amable, pero también bastante terco. Aun así, quería presentarte primero, al menos para que sepa qué clase de mujer es la que estoy tratando de conquistar.
—Solo sé tú misma —continuó César, tomándola de la mano. El calor de su palma era intenso, pero le transmitía una profunda paz—. Si el abuelo llega a decir algo desagradable, te sacaré de ahí de inmediato.
—Sí —respondió Eliana, levantando la mirada para devolverle el apretón con firmeza—. Además, me subestimas un poco; suelo caerle muy bien a las personas mayores.
-
El hospital donde se encontraba Don de Soto estaba ubicado en la ladera de una montaña. Rodeado por un lago y un paisaje montañoso, el lugar emanaba una tranquilidad capaz de purificar el alma.
Justo detrás del hospital se encontraba un sanatorio equipado con todas las comodidades, el lugar perfecto para una recuperación plena.
—¿Y ella es...?
—Mi nombre es Eliana. Es un honor conocerlo, señor de Soto —se presentó Eliana, con voz firme y modales impecables.
Un destello de aprobación brilló en los ojos del patriarca, quien de inmediato dirigió una mirada cargada de intenciones a César.
Su nieto siempre había sido un hombre solitario; nunca se le había visto con nadie. Que de pronto trajera a una chica y la presentara ante él, dejaba sus intenciones más que claras.
César originalmente planeaba llevar las cosas con calma para no asustar a Eliana. Ella acababa de divorciarse y no quería presionarla.
Pero la realidad era que ya no quería seguir esperando.
—Ya veo. Tomen asiento —dijo el abuelo con tono neutral, sin que su rostro reflejara ni alegría ni disgusto.

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