—Jefe... —Luis estaba de pie frente al escritorio, dudando si hablar o no.
César de Soto levantó la vista y lo miró fijamente en silencio. Esa mirada solo significaba una cosa: "habla ya".
Luis captó el mensaje de inmediato, cerró los ojos con fuerza y soltó de golpe:
—Respecto a los rumores en internet sobre la señorita Lamas siendo la amante que destruyó un matrimonio... ¿deberíamos intervenir?
—No hace falta que intervengas en las discusiones —respondió César tras echar un vistazo—. Solo averigua quién está detrás de todo esto.
—¿No vamos a hacer nada? Es la reputación de la señorita Lamas. ¿Qué pasa si las cosas se salen de control? —preguntó Luis, confundido.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—¿Eh? —Al escuchar eso, Luis sintió un escalofrío recorrerle la nuca.
—Solo haz lo que te ordené.
¡Pero si solo me estaba preocupando! ¿Acaso eso también es un delito?
Si algo malo le llega a pasar a la señorita Lamas, ¡el que más va a sufrir eres tú! murmuró Luis en su mente.
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Manuel no había contestado ni una sola de las llamadas de la señora Romano.
Había llegado a la oficina por la mañana arrastrando su cuerpo exhausto y, vestido aún con su ropa de calle, se desplomó sobre la cama de la sala de descanso de su oficina, cayendo en un sueño profundo.
La noche anterior, luego de descubrir que Esther había huido del chalet en las afueras, Ricardo y él no habían ido a descansar. En su lugar, se habían quedado debatiendo los planes a seguir.
Recuperar a Esther era prioritario; un asunto tan grave no podía quedarse así.
Pero tenían que actuar sin llamar demasiado la atención. Si hacían un escándalo, no solo ensuciarían la reputación de los Garza y los Romano, sino que también le darían armas a cualquiera que quisiera aprovecharse de la situación.
—Además, hay algo más que necesito hacer —había dicho Ricardo, con los ojos inyectados en sangre y la voz rasposa.
Manuel lo miró fijamente.
Pero ahora, al estar de nuevo en ese lugar...
La frase del oficial resonó de golpe en su cabeza: "Sus padres tomaron una curva muy cerrada a gran velocidad, lo que provocó que los neumáticos derraparan y chocaran contra el poste".
¿Por qué girarían tan bruscamente? Estaban en una calle de un solo sentido, sin intersecciones a la vista.
La única explicación lógica era que intentaron esquivar algún obstáculo. Pero en su momento, la policía descartó la presencia de otros vehículos o peatones. Como no había cámaras en esa zona, el caso se cerró con la etiqueta de "fatiga al volante".
Y él siempre había creído en esa versión.
¡Pero ahora sabía que aquella noche hubo una cuarta persona en el lugar: esa usurpadora de Esther!
Si volvía a reconstruir los hechos con la información de la policía, ¡lo más probable era que sus padres hubieran girado el volante para no atropellar a Esther!
Su corazón latía desbocado, sintiendo que por fin rozaba la cruda verdad.
Hace veinte años, sus padres conducían en plena madrugada por esa calle, con su pequeña hermana a bordo. Esther debió aparecer de repente en medio del camino, y para evitar arrollarla, sus padres optaron por girar bruscamente y estrellarse contra el poste.

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