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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 151

Al entrar al estudio, el aire cálido la envolvió de inmediato.

Eliana se quitó el abrigo y lo colgó. Sus dedos dudaron un segundo al tocar su bufanda, pero finalmente la dejó en su lugar; por poco y se la quita por el sofocante calor. En su mente, maldijo a César una vez más.

—Fabián, ¿quién es el joven de la entrada? —preguntó.

—Ah, vino a que le restauremos una pintura. Lleva ahí parado más de una hora —respondió su colega, quien estaba ocupado organizando unos lienzos de pergamino.

—¿Y por qué no le dices que pase a sentarse?

—Ya se lo dije, pero no se quiere ir —Fabián dejó lo que estaba haciendo e hizo una mueca de resignación—. Vino esta mañana. El Maestro Dario y yo ya revisamos su obra. El daño es catastrófico, no tiene arreglo. Y para colmo, aunque pudiéramos hacer un milagro, el costo de la restauración sería el doble del valor de la pintura misma.

»Por eso el Maestro y yo le dijimos que no valía la pena. Nosotros no podemos aceptar ese trabajo —suspiró Fabián.

—Entonces, ¿por qué sigue ahí afuera?

—Dice que necesita vender la pintura para pagar los gastos médicos de un familiar, que es de vida o muerte. Pero ni siquiera tiene dinero para cubrir los materiales de la restauración. Además, aunque el Maestro y yo quisiéramos ayudarlo de corazón, el agujero en el lienzo es enorme. ¡Requeriría un esfuerzo titánico! Ninguno de nosotros puede garantizar un buen resultado.

Eliana miró por la ventana. La figura del joven temblaba bajo el viento helado. Aunque su rostro no mostraba expresión alguna, ella podía sentir su profunda desesperación. Le recordó a sí misma años atrás, esperando en el frío, aferrándose a un milagro.

—Déjame intentarlo —dijo de pronto.

—¿Estás segura? Es un trabajo colosal, te va a exprimir física y mentalmente. Un mínimo error y todo se arruina. Además, ¿no se supone que te estás preparando para la tercera ronda del concurso de arte?

—Estoy segura —respondió Eliana sin titubear.

Durante esos tres días, Eliana prácticamente vivió en el estudio. Llegaba de madrugada y no se iba hasta altas horas de la noche. Apenas se detenía para tomar un poco de café o agua antes de seguir. La dificultad radicaba en el nivel de detalle microscópico que exigía la obra. No se trataba de pegar un trozo de papel sobre el enorme agujero.

Tenía que entrelazar a mano, una por una, las fibras del nuevo lienzo con las del pergamino original, como si estuviera tejiendo, para que el parche fuera invisible a simple vista. Después venía el proceso de igualar el color y envejecer el papel, tareas igual de extenuantes.

Bajo una luz cegadora, Eliana usaba unas pinzas finísimas para manipular fibras que el ojo humano apenas detectaba, con un pulso de hierro. Era un trabajo tan exigente que tenía que detenerse a cada rato para frotarse los ojos irritados y masajear sus muñecas entumecidas.

El joven llegaba puntual todos los días. Se servía un vaso de agua y se sentaba en silencio, sin molestar a nadie, con la mirada fija en las manos de Eliana.

Así transcurrieron los tres días.

En la mañana del tercer día, Eliana soltó el último pincel y dejó escapar un largo suspiro.

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