Su cerebro trabajó a mil por hora. Si Eliana tenía el acuerdo de divorcio, significaba que alguien había falsificado u obtenido su firma. De inmediato, sacó el teléfono y llamó al Abogado Peña para exigir una explicación.
—Señor Romano... la verdad, esta situación me pone en una posición muy difícil —titubeó el abogado al otro lado de la línea.
Había muy pocas personas en el mundo capaces de poner contra las cuerdas al abogado principal del Consorcio Romano, y si tenía que ver con su matrimonio, los sospechosos se contaban con los dedos de una mano.
En un instante, todas las piezas encajaron.
Había sido su madre.
Todos esos pequeños detalles que había ignorado a propósito, la reacción distante de Eliana en los últimos días, la expresión evasiva de su madre la noche que le hizo firmar una pila de "documentos de rutina"... todo lo golpeó como un balde de agua helada.
Y esa mirada fría y definitiva que Eliana le acababa de dar destruyó cualquier esperanza a la que se estaba aferrando. Tuvo que enfrentarse a la brutal realidad.
Eliana hablaba en serio. Ya no lo quería.
Sintió que le faltaba el aire. El viento gélido le enrojeció los ojos.
Comenzó a caminar sin rumbo bajo la nieve, destrozado por dentro, sin importarle siquiera el coche de lujo que lo esperaba a unos metros. Al haber salido apresuradamente, no llevaba abrigo, y su delgado traje se empapó rápidamente con la nieve, pero no sentía frío.
¡BIP!
Un automóvil pasó a toda velocidad, a centímetros de atropellarlo. Como el conductor no pudo frenar a tiempo, el espejo retrovisor lo golpeó con fuerza.
Manuel salió volando y rodó de forma lamentable sobre el áspero asfalto.
El conductor bajó la ventana y le gritó: —¡¿Acaso no tienes ojos, imbécil?! —y aceleró, perdiéndose en la distancia.
Manuel quedó sentado en el suelo. Las palmas de sus manos estaban raspadas y sangrantes, pero él solo se las quedó mirando, aturdido.
De repente recordó la vez que vio a Eliana caerse frente al hospital. ¿A ella también le había dolido tanto? ¿Sus heridas habían sangrado de la misma forma?
Ese edificio era solo un capricho del gran señor de Soto, una propiedad que había comprado por impulso. No sabía a qué se dedicaba realmente, dónde vivía habitualmente ni quiénes eran sus familiares o amigos; César jamás hablaba de ello.
Quizás ni siquiera notaría su ausencia.
O peor aún, aunque se diera cuenta de que se había ido, no le importaría.
Y si eventualmente descubría que ya no estaba, y ella no le decía nada... ¿acaso a él le costaba mucho preguntar? Ya se habían vuelto a agregar a las redes sociales, un simple mensaje no costaba nada.
Pero en esos tres días de arduo trabajo, él no le había enviado ni una sola palabra. Siempre era lo mismo: César solo la buscaba cuando le convenía.
¿Acaso le veía cara de tonta?
Al llegar a la mansión de los Guerrero, apenas el vehículo atravesó las puertas principales, vio a dos filas de empleados uniformados esperándola a ambos lados de los escalones, con el mayordomo al frente, mostrando un respeto absoluto.
Quizás Don Octavio de verdad sentía una culpa inmensa por lo que le pasó a su madre, y aquella gran recepción era una muestra de afecto genuino. La mirada con la que la recibió estaba llena de sinceridad.

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