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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 174

En la mansión de la familia Guerrero.

Regina se había levantado al alba.

Mascarillas faciales, peinado de salón, maquillaje impecable y un conjunto de alta costura; había invertido horas en asegurarse de que cada hebra de su cabello estuviera en su lugar perfecto. Hoy venía César, y la anticipación la devoraba por dentro.

Cuando el Bentley de César cruzó las puertas de la propiedad, Regina no corrió a recibirlo. Sabía muy bien que a los hombres como él no les interesaban las mujeres desesperadas.

Se quedó de pie en la entrada principal, proyectando una imagen de perfecta y serena elegancia.

—César —saludó con una sutil inclinación de cabeza, guardando las formas, solo cuando él ya estaba a un par de pasos.

César la observó. Por un breve instante, su mente repasó la serie de actos despreciables y calculados que esa mujer había orquestado recientemente. Fue la primera vez que la evaluó con detenimiento, memorizando cada rasgo de su rostro para no olvidarlo.

Bajo esa mirada ardiente y escrutadora, el corazón de Regina empezó a latir a mil por hora. No obstante, mantuvo la fachada intacta, esforzándose por proyectar el porte de la heredera aristocrática que creía ser.

—Por aquí. Te llevaré a la sala de visitas, el abuelo ya te está esperando —Regina hizo un ademán cortés y lo guio hacia el interior de la mansión.

Caminaron en silencio, Regina al frente y César detrás. Durante todo el trayecto, ella sintió esa pesada y ardiente mirada clavada en su espalda. La tensión era demasiada, así que buscó desesperadamente un tema de conversación para romper el hielo.

—César, ¿has estado al tanto de las noticias en el mundo del arte últimamente? La pintora *Rose* acaba de ganar un premio internacional importantísimo, e incluso dio una entrevista en línea compartiendo su proceso creativo.

—¿Ah, sí? —César mostró interés al instante—. Cuéntame más.

Al notar que César prestaba atención a su tema de conversación —algo que jamás había ocurrido antes—, Regina se sintió eufórica. Estaba convencida de que su interés en ella estaba floreciendo y se felicitó mentalmente por haber elegido el tema perfecto.

César lanzó una breve mirada a Regina, sin la menor intención de hablar mientras ella estuviera presente.

Regina captó la indirecta y, demostrando su exquisita educación, buscó una excusa para retirarse: —Iré a ver si los bocadillos están listos. —Antes de irse, se aseguró de cerrar la puerta con total delicadeza.

Los dos hombres estuvieron encerrados toda la mañana. La mente de Regina trabajaba a mil por hora: si solo iban a discutir los términos de un matrimonio arreglado, no necesitaban hablar durante tantas horas.

Varias veces entró a la sala con la excusa de servir más té, pero, en un pacto silencioso, ambos cambiaban de tema al instante y hablaban de trivialidades como el clima.

Por muy frustrada que estuviera, a Regina no le quedó más remedio que desistir de sus intentos de espionaje.

Sin embargo, poco antes del almuerzo, en su última incursión para servir té, su mirada aguda detectó un estuche de terciopelo abierto junto a Don Octavio. ¡En su interior descansaba un brazalete de un color verde profundo y una pureza tan exquisita que jamás había visto algo igual!

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