El resto de la familia captó la indirecta y las expresiones en el salón se tensaron de inmediato.
Al escuchar el nombre de Gustavo, Don Octavio preguntó con sequedad:
—¿Dónde está Gustavo? ¿No vino otra vez?
—Bueno, verás... —Zoe se mostró visiblemente nerviosa. Su hijo ni siquiera le había contestado las llamadas; probablemente estaba en alguna de sus habituales fiestas de desenfreno—. Está trabajando horas extras en la sucursal, como queda tan lejos, llegará a medianoche...
Don Octavio levantó la mirada y la observó con desdén, sin dignarse a responder. Sabía perfectamente en qué andaba Gustavo. Su atención se centró nuevamente en Regina, y su tono se suavizó:
—Has aprovechado muy bien esta oportunidad, estoy orgulloso.
Al escuchar el elogio de su abuelo, Regina soltó un suspiro de alivio interno. Últimamente sentía que él la trataba con mucha frialdad.
Notando que era el centro de atención y que la familia había olvidado temporalmente que el motivo de la reunión era el banquete de Eliana, Regina bajó la cabeza con fingida humildad, ocultando una sonrisa triunfal.
Las fotos que había manipulado en sus redes sociales, mostrándose junto a expertos y posando con el equipo especializado, habían sido suficientes para hacer creer a todos que ella era una pieza clave en el proyecto.
En las redes sociales, sus seguidores ya la aclamaban como una diosa del arte. Muchos de los comentarios, alimentados por sus propias indirectas, se dedicaban a humillar a Eliana, lo cual inflaba aún más su ego.
¿Le preocupaba que algún experto viera las fotos y la desmintiera? En lo absoluto. Antes de publicar, se había asegurado de investigar que esos ancianos académicos ni siquiera tenían redes sociales, y los pocos que tenían cuenta nunca se conectaban.
Además, se justificaba pensando que nunca había afirmado *directamente* haber liderado nada. Si los internautas sacaban conclusiones exageradas, ¡ese no era su problema! Su publicación había sido todo lo «humilde» que podía ser.
Pensando en eso, soltó una risa tímida:
—Tampoco soy tan increíble, abuelo. Solo soy una interna que fue a aprender de los mejores.
En ese preciso instante, la puerta principal se abrió y Eliana entró, arrastrando el agotamiento del viaje. No le interesaba en lo más mínimo de qué hablaban ni qué había hecho Regina. Saludó a la familia con una inclinación de cabeza y se dirigió directamente hacia su habitación.
Don Octavio se limitó a recordarle que todo estaba listo para el día siguiente, a lo que Eliana asintió sin detenerse.
—Sí... han anunciado que por fin encontraron a la nieta perdida. Es la hija de... Celina Guerrero —titubeó Héctor.
Al escuchar el nombre de Celina, la mirada de Damián se perdió por un instante. Una sonrisa torcida apareció en su rostro sombrío:
—Ya que es su hija, supongo que debemos ir a comprobar si es digna de llevar esa sangre.
—Pero... por lo que ocurrió en el pasado, dudo mucho que los Guerrero lo reciban con los brazos abiertos... —le advirtió Héctor, temblando.
—¿Y desde cuándo me importa lo que ellos piensen? —Damián lo fulminó con la mirada. Héctor cerró la boca de inmediato, sintiendo que el sudor frío le empapaba la camisa. Sabía de lo que era capaz su primo; un hombre que había sido torturado por sus padres en su infancia y que, al crecer, los masacró sin piedad.
En ese momento, desde una de las esquinas en sombras del salón, se movió una figura escuálida y casi esquelética. Era una mujer que hasta entonces había pasado completamente desapercibida. Pero al escuchar las palabras «Valdemar» y «banquete», levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, antes muertos, brillaron con una intensidad febril.
¡Esa mujer era Esther Garza!

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