¡¿Qué?! El anuncio cayó sobre Manuel como un rayo en plena tormenta. Se quedó paralizado, con la mirada clavada en la espalda de Eliana, mientras sus manos se cerraban en puños temblorosos.
—Así que... ella es la heredera de los Guerrero —murmuró Ricardo Garza, atónito. Miró de reojo a Manuel, sintiendo lástima por él. Recuperar a su esposa acababa de pasar de ser difícil a ser prácticamente imposible. En cuanto a la fugaz sensación de haber reconocido a Eliana, Ricardo la desechó por completo. Las familias Guerrero y Garza nunca habían cruzado caminos, así que tenía que haber sido una simple ilusión óptica.
Don Octavio continuó su discurso de bienvenida, pero Manuel ya estaba sordo a todo. El universo entero se había reducido a la figura elegante de la mujer en el centro del salón. Un amargo nudo se instaló en su garganta.
Aturdido, ni siquiera notó que un mesero le ofrecía una bandeja. Tomó una copa al azar —una de champaña rosada— y se la bebió de un solo trago.
Al terminar la presentación, el salón se llenó de música y el clásico tintineo de copas. Los magnates de la ciudad hacían fila para felicitar a Don Octavio, mientras que otro grupo comenzó a rodear a Eliana, tratando de congraciarse con ella. Incluso aquellas mujeres de la alta sociedad que minutos antes la habían tachado de «campesina» en la entrada, ahora sonreían con falsedad, buscando cualquier excusa para acercarse.
Justo en ese momento, las inmensas puertas de roble del salón se abrieron de golpe. Un hombre y una mujer cruzaron el umbral. Él tenía unas facciones duras, casi exóticas, y una mirada salvaje que destilaba crueldad. Aunque su rostro no era común en Valdemar, no había nadie en ese salón que no supiera quién era: ¡Damián Salazar! La mujer que colgaba de su brazo vestía de blanco, luciendo frágil y vulnerable. Si uno la miraba rápido, sus facciones recordaban vagamente a las de la recién anunciada nieta de los Guerrero.
Don Octavio lo reconoció al instante y su expresión se endureció como la piedra.
—Damián Salazar. No recuerdo haber enviado una invitación a la familia Salazar.
—No sea tan frío, Don Octavio. Hubo un tiempo en el que me consideraba parte de su familia. Escuché que encontró a la hija de Celina, así que decidí venir a... recordar los viejos tiempos —respondió Damián, con una sonrisa descarada y llena de cinismo.
—¡Miserable! ¡Esta familia no te soporta ni un segundo más! —estalló el anciano. Todo el infierno que había vivido Celina fue por culpa de ese monstruo, ¡y ahora tenía la desfachatez de mencionarla! El pecho de Don Octavio subía y bajaba agitado por la furia.
Alguien del público intentó mediar con nerviosismo:
—Por favor, señores, hoy es un día de celebración. Sería bueno que ambas partes...
—Damián Salazar, me enteré de que la mitad de tus negocios sucios en Costa Serena han cerrado. ¿Qué te parece si nos cuentas a todos cómo pasó? —Una voz grave y gélida resonó desde el otro extremo del salón.
¡César de Soto había llegado!
Vestía un traje negro hecho a medida, con el botón del cuello cerrado hasta arriba, emanando un aura de autoridad absoluta que helaba la sangre.
—¡El Señor de Soto está aquí! Vaya, el banquete de los Guerrero sí que tiene nivel —murmuraban los invitados, abriéndole paso apresuradamente.
El corazón de Regina dio un vuelco. Para ella, la aparición de César era como la de un salvador divino. Se alisó rápidamente el vestido y caminó hacia él, colocándose a su lado como si fuera la señora de la casa. Pero César no le dedicó ni una fracción de segundo. Sus ojos estaban fijos en Damián, evaluando la amenaza, mientras que con el rabillo del ojo aseguraba la ubicación de Eliana.

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