—Ya, olvídate de eso. Llegamos a casa, nos damos un baño y hacemos de cuenta que no pasó —dijo Eliana masajeándose las sienes.
Estaba genuinamente agotada.
Apenas pusieron un pie en la avenida, un conocido Maybach negro se orilló junto a ellas y la puerta se abrió.
Era Manuel.
Llevaba un abrigo largo y el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Su rostro conservaba esa inquebrantable expresión de poder de siempre.
Al ver a Eliana y a Valeria en la acera, se quedó sorprendido: —¿Qué haces aquí?
Antes de que pudiera agregar algo, desde adentro del auto se escuchó una vocecita delicada: —Manuel.
Esther asomó la cabeza, envuelta en un abrigo gordísimo, con el rostro pálido y una enorme bufanda que hacía ver su rostro aún más frágil y diminuto.
Manuel se giró instintivamente y le ofreció la mano: —Cuidado, el piso puede estar resbaloso.
Valeria soltó una carcajada burlona y llena de veneno.
Fue hasta entonces que Manuel pareció notar el cabello alborotado y la ropa desacomodada de Eliana: —¿Qué te pasó?
—Nada, salimos a cenar y unos tipos intentaron propasarse.
—¿Propasarse? —Manuel frunció el ceño—. ¿Quiénes?
—Ya se los llevó la seguridad del lugar —se adelantó Valeria, bloqueándole el paso a Eliana con su cuerpo—. No ocupamos tus preocupaciones.
Manuel pareció inmune al sarcasmo y volvió su atención a Eliana: —¿Estás herida?
—No.
—Qué alivio.
Eliana sonrió para sus adentros, con pura ironía. Él siempre había sido así: preocupado por fuera, pero en el fondo, su bienestar nunca cruzaba la puerta de su alma.
¿Cómo diablos se había dejado engañar por esa falsa amabilidad durante tantos años?
Esther tiró suavemente de la manga de Manuel y murmuró en tono angelical: —Manuel, Eliana debe estar muy asustada por lo que pasó. Deberías llevarla tú a casa y yo me regreso con el chofer.
Eliana ni siquiera se dignó a voltear a verla y echó a andar.
Valeria la siguió de inmediato: —¡Vámonos, ni caso les hagas!
Manuel se quedó plantado junto a la puerta, viendo cómo la figura de Eliana se perdía bajo la luz de las farolas, y una punzada de irritación le cruzó el pecho.
Sacó su celular, dudó un par de segundos, y al final le escribió un mensaje.
*Después de dejar a Esther tengo que regresar a la oficina a trabajar. Cuando llegues, no me esperes despierta.*
Guardó el teléfono y ayudó a Esther a subir al auto.
Una vez dentro, Esther se aferró a su mano: —Manuel... ¿crees que soy una carga para ti?
—No digas tonterías —él frunció el ceño—. Tú solo concéntrate en cuidar a tu bebé.
Esther se mordió el labio y, después de un rato, murmuró: —Es que... no quiero que Eliana nos malinterprete.

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