Damián se quedó de pie junto a la cama, observando a Eliana en completo silencio, sin hacer ni un solo movimiento.
—No se parece... aún no se parece —murmuró para sí mismo con una voz cargada de frialdad.
Esa escena habría resultado irresistible para cualquier hombre. Sin embargo, a los ojos de Damián, aquel cuerpo tentador que se retorcía ante él no era más que un simple objeto, tan indiferente como una mesa o una lámpara.
La repentina voz masculina en la habitación sobresaltó a Eliana, provocándole un escalofrío. Sin embargo, su cuerpo no le respondía; sentía las extremidades pesadas, sin fuerza, y un calor asfixiante la consumía. Esto no era efecto del alcohol, alguien la había drogado.
Se mordió la punta de la lengua con todas sus fuerzas. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, y el dolor agudo logró devolverle un destello de lucidez.
Abrió los ojos lentamente. Frente a ella se alzaba la silueta oscura de un hombre. No podía distinguir sus rasgos, pero sabía que sus intenciones no eran buenas.
Con un movimiento casi imperceptible, bajo el refugio de las mantas, logró alcanzar su teléfono celular. Guiada por la memoria muscular, presionó rápidamente el botón de marcación rápida.
*Pip... pip...* Un finísimo sonido de estática le confirmó que la llamada se estaba realizando.
¡Gracias a Dios! La llamada a Pedro debía estar entrando.
—¿Quién... quién eres? —exigió saber Eliana, forzándose a sentarse un poco. Adoptó un tono duro y elevó la voz a propósito para ocultar cualquier sonido que viniera del teléfono—. ¡¿Sabes que mi abuelo es Don Octavio Guerrero?!
Ante la urgencia de la situación, su única opción era usar el nombre del patriarca, esperando que eso acobardara al intruso.
Ella creyó sonar intimidante, pero para cualquiera que la escuchara, su voz, quebrada por la droga, sonaba frágil y seductora.
Al ver que el hombre no se inmutaba, Eliana continuó: —Si lo que quieres es dinero, puedo pagarte. Si buscas otra cosa, también. Pídeme lo que sea y te lo daré.
Ese tacto gélido y resbaladizo le provocó a Eliana un asco tan profundo que se le erizó la piel.
No podía quedarse sin hacer nada. Luchando contra la debilidad que le derretía los músculos, su mente trabajó a toda velocidad.
Al ver aquel rostro apuesto, pero de una perversidad evidente, acercándose al suyo, Eliana hizo un esfuerzo sobrehumano para reprimir la náusea. Fingió rendirse, dejando caer los brazos como si ya no pudiera más. Y justo cuando Damián se inclinó intentando besarla, reunió todas las fuerzas que le quedaban y ¡le mordió los labios con salvajismo!
—¡Tss!
La sangre brotó de inmediato. Damián se enderezó por el dolor, pasándose un dedo por los labios heridos. Al ver la mancha roja en sus dedos, el brillo perverso en sus ojos, lejos de apagarse, se encendió con una fascinación intensa.
—Sí... así está mejor. Exactamente igual que tu madre en su momento. —Damián rió a carcajadas, deleitándose con la situación.

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