Revisó una por una, pero no encontró el menor rastro del estilo de 'Rose'. Ninguna, ninguna, absolutamente ninguna de las páginas servía.
Regina escribió frenéticamente: [¿Estás segura de que las fotografiaste todas?]
[Completamente.]
Entonces recordó las palabras de Manuel: 'Aún hay muchos más en casa. Ya los organicé todos.' ¡Tenían que estar en el resto de los bocetos! Pero esos documentos se encontraban en la mansión Romano, y no era un lugar al que ella pudiera entrar a sus anchas.
Para conseguir esas pruebas, necesitaba a alguien con acceso libre a La Finca Mirador y que, además, compartiera su odio profundo por Eliana.
Buscó en sus contactos y marcó el número de Esther Garza.
Había intentado comunicarse con ella las últimas semanas sin éxito, llegando a pensar que se había fugado del país de nuevo.
Pero tras verla de lejos en el banquete reciente, confirmó que Esther seguía rondando por allí.
Mientras Regina maquinaba su plan, contestaron el teléfono: —Hola, Regina.
La voz al otro lado sonaba ronca y agotada, muy lejos de la actitud llorica y caprichosa de la antigua Esther. Regina incluso pensó que se había equivocado de número, pero tras afinar el oído, confirmó que sí era ella.
—Esther, ¿tienes tiempo libre últimamente? ¿Quieres que nos veamos para tomar algo?
Esther no estaba en condiciones de tomar algo con nadie. Vivía escondida en un cuarto oscuro y asqueroso de los barrios bajos de Valdemar, asustada como un ratón, sin atreverse siquiera a salir a la calle.
Había perdido todas sus joyas, su ropa de diseñador y no había pisado un salón de belleza en semanas. Si Regina la veía, se daría cuenta de su ruina al instante.
Regina captó el rechazo, pero intentó tantear el terreno: —Tengo un secreto que deberíamos discutir en persona. Pero si estás tan ocupada, supongo que lo dejaré pasar.
—¿Qué clase de secreto? ¿Desde cuándo eres tan misteriosa?— respondió Esther, indiferente. Para ella, los 'secretos' de Regina no eran más que chismes de la alta sociedad. Antes le encantaba el drama, pero ahora tenía preocupaciones reales.
Al ver que el cebo no funcionaba, Regina cambió de estrategia: —¿Qué tal van las cosas con Manuel? ¿Están peleados? Hoy lo vi en la puerta de mi casa, rogándole a Eliana que volviera con él.
—¿Y a ti desde cuándo te importa mi vida amorosa? ¿Qué es lo que necesitas que haga?— Ambas estaban jugando a esconder sus propias miserias mientras intentaban sacarle los trapos sucios a la otra.
Esther mostraba una calma inusual, muy diferente a la chica que antes explotaba de rabia al escuchar el nombre de Eliana. Esta nueva actitud descolocó a Regina. Era más difícil de manipular, pero, al mismo tiempo, una aliada con cerebro le sería mucho más útil.

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