La conciencia de Manuel comenzaba a nublarse. No sabía qué tan profunda era la puñalada, pero la pérdida de sangre le robaba poco a poco el calor de su cuerpo. Miró fijamente a Eliana, mientras susurraba de forma entrecortada:
—Ei-ei, por fin... te encontré.
«¿De qué estupideces está hablando?», frunció el ceño Eliana, ignorando la frase por completo.
—¡Llévenlo al hospital, rápido! ¡Su jefe está herido! —ordenó sin perder tiempo, girándose hacia los enormes guardaespaldas que acababan de llegar, sin importarle indagar más.
Los guardaespaldas se apresuraron a cortar las cuerdas de Eliana.
Pero cuando se dispusieron a levantar a Manuel, ocurrió un problema: aunque él ya había perdido el conocimiento casi por completo, su mano derecha se aferraba con una fuerza descomunal a la blusa de Eliana, negándose a soltarla por nada del mundo.
Los guardaespaldas estaban paralizados; temían lastimarlo si usaban la fuerza, así que miraron a Eliana en busca de ayuda.
Eliana lo pensó un segundo. Luego, estiró su mano y le pellizcó con fuerza el espacio entre el pulgar y el índice. El dolor provocó un espasmo instintivo en el inconsciente Manuel y, finalmente, su mano cedió, cayendo inerte al suelo.
Después, Eliana subió a la ambulancia con los guardaespaldas para llevar a Manuel al hospital.
La repentina devoción y profundidad en la mirada de Manuel no habían pasado desapercibidas para ella. Simplemente, le parecía absurdo y, sobre todo, algo que ya no necesitaba en su vida.
A pesar de eso, Manuel había recibido una puñalada por ella. Por puro instinto de humanidad, sentía que al menos debía quedarse hasta saber si sobrevivía.
Además, considerando que estaba en medio de la nada en plena madrugada, si no se iba al hospital con los guardaespaldas, la única otra opción era volver a pie.
En el trayecto de regreso, encontraron a Esther, quien había sido abandonada a medio camino. Los guardaespaldas la subieron a otra de las camionetas.
No iban en el mismo auto. Fue el guardaespaldas del coche delantero quien la vio y, al no haber recibido indicaciones de Manuel, pensó que sería mejor recogerla para evitar problemas más adelante.
Al llegar al hospital, Manuel fue llevado directamente al quirófano. Eliana, finalmente con un momento de respiro, pidió prestado un celular para llamar a Pedro:
—Estoy en el hospital, ven de inmediato.
Su propio teléfono había desaparecido después de que los secuestradores lo confiscaran y apagaran.
—¡Eres una maldita ave de mal agüero! ¡Incluso divorciados, no nos dejas en paz! ¡Mira cómo dejaste a mi Manuel!
La madre de Manuel había recibido una llamada de Esther y salió disparada desde la mansión familiar. No se atrevió a decirle nada a la abuela Romano, temiendo que la noticia afectara su frágil corazón.
¡Apuñalado! Su hijo, que jamás había sufrido ni un rasguño en toda su vida, ahora estaba en el quirófano con una herida de arma blanca... y todo por culpa de esta mujer. En ese momento, sentía unas ganas inmensas de hacer a Eliana pedazos.
Además, según le contó Esther, los secuestradores iban específicamente detrás de Eliana. Para la señora Romano, Manuel debió haberse quedado cruzado de brazos. ¿Quién le mandaba a Eliana a llamar tanto la atención en público? Quién sabe a qué tipo de delincuentes había provocado.
Una infinidad de pensamientos cruzaron por su mente, culminando en la bofetada que acababa de asestarle en el pasillo del hospital.
Soportando el ardor palpitante en la mejilla, Eliana la miró fijamente, con el rostro totalmente inexpresivo.
Esa frialdad le causó un escalofrío a la señora Romano:
—¿Qué... qué clase de mirada es esa?

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