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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 258

Apenas recibió la llamada de Pedro, César de Soto compró un vuelo nocturno para regresar de inmediato. Organizar un vuelo en su jet privado habría tomado una semana, y no estaba dispuesto a esperar tanto.

Solo cuando Pedro le confirmó por segunda vez que Eliana estaba a salvo, el nudo que oprimía su pecho finalmente cedió.

—Pásale el teléfono —ordenó César con una voz fría y tajante.

—¿Hola? —se escuchó la voz de Eliana al otro lado.

—¿Estás bien? —El tono de César era profundo y suave, pero escondía una tensión al borde del colapso. Pedro ya le había informado sobre la situación, y César le ordenó investigar sin descanso para descubrir quiénes estaban detrás de todo esto.

Si habían fallado esta vez, seguro habría un segundo intento. Si no cortaban el problema de raíz, era posible que Eliana no corriera con la misma suerte la próxima vez.

—¿No te había asignado más seguridad? —preguntó.

—Yo... no quería ser una molestia, les dije que no me siguieran —la voz de Eliana se apagó involuntariamente.

Siempre le había parecido que César exageraba. Creía que ella, siendo apenas una artista, no necesitaba que un grupo de guardaespaldas la siguiera a todas partes como si fuera una figura pública.

—¿Saliste herida? —César no encontró el valor para regañarla; toda su ira no podía canalizarse contra ella.

—No, solo me hice unos pequeños rasguños.

—Hazte un chequeo completo. —Su tono seguía siendo dulce, pero cualquiera que lo conociera bien sabría que estaba a punto de estallar. La firmeza en su voz no dejaba lugar a discusión—. Pórtate bien y hazme caso.

Esas palabras le pusieron la piel de gallina a Eliana.

Sabiendo que ella había tenido la culpa por rechazar a los guardaespaldas, no tuvo más remedio que obedecer:

Solo entonces Pedro accedió y fue corriendo a un puesto callejero cerca de la entrada para comprarles algo rápido: dos burritos y un par de bebidas.

Mientras esperaba, Eliana agudizó la vista y notó a lo lejos al Secretario Gallardo. Debía haber recibido la noticia y venía a buscar a Manuel.

—Secretario Gallardo —lo llamó Eliana—. ¿Cómo está Manuel?

Prefería no ir a esperar a la puerta de quirófano para no toparse de nuevo con la señora Romano y Esther; quería evitarse otra pelea absurda. El secretario le informó con mucho respeto:

—La herida del señor Romano no afectó ningún órgano vital, pero perdió mucha sangre. Los médicos ya suturaron la herida y le hicieron una transfusión. Actualmente sus signos vitales son estables; solo necesita descansar bien para recuperarse.

Al confirmar que él estaba fuera de peligro, Eliana decidió que ya no tenía de qué preocuparse.

Mientras Pedro volvía caminando con el desayuno, verificando constantemente de reojo que Eliana no estuviera mirándolo, sacó su celular rápidamente y redactó un mensaje a toda prisa.

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