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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 260

—¡Mi abuelo y yo casi morimos! ¿Por qué no recuerdas que somos tu hijo y tu suegro? ¡Y mi padre, que compartía tu cama! —César soltó esas palabras sin rastro de expresión en el rostro, pero el enrojecimiento en sus ojos delataba la furia contenida. De pronto, dejó escapar una risa amarga. ¿Para qué molestarse en razonar con esa mujer? Quedaba claro que, en todo el universo, la única vida que a Blanca le importaba era la de Joaquim.

Oh, no. Había alguien más. Aquella hija suya que se había perdido hace años.

Con la paciencia agotada, César hizo el ademán de colgar:

—No me vuelvas a buscar, o no respondo por cuál de sus huesos terminaré rompiéndole a continuación.

—¡Espera! —El pánico se apoderó de Blanca, y gritó despavorida—: ¡¿No te interesa saber cuáles fueron las últimas palabras de tu padre?!

La mano de César, que estaba a punto de colgar, se detuvo en el aire.

—¿De qué... estás hablando?

Años atrás, cuando él terminó en cuidados intensivos, su padre no resistió. La única persona que estuvo a su lado en el momento de su muerte fue Blanca, la verdadera culpable de todo.

Durante todos estos años, Blanca jamás había mencionado que su padre hubiera dejado unas últimas palabras.

Las venas se le marcaron en el dorso de la mano que sostenía el teléfono, apretándolo con tal fuerza que parecía a punto de destrozarlo. Luis, que iba conduciendo, miró discretamente por el retrovisor: hacía mucho tiempo que no veía a su jefe tan enfurecido.

—¡¿Por qué diablos no lo dijiste antes?! —rugió César.

Del otro lado de la línea, Blanca se enorgulleció al darse cuenta de que había encontrado la moneda de cambio perfecta.

—Si te lo hubiera dicho antes, ¿cómo iba a convencerte ahora de liberar a Joaquim?

César cerró los ojos un instante, reprimiendo una avalancha de odio.

—Dime qué fue lo que dijo y lo libero. —«Lo libero y luego lo vuelvo a atrapar», pensó.

—Lo liberas, buscas a un médico, y solo cuando Joaquim esté curado te lo diré —Blanca también había aprendido a manipular a su hijo.

—De acuerdo —respondió César, arrastrando las palabras con una calma fingida, mientras sus ojos adquirían una oscuridad insondable.

Tras la llamada, el interior del vehículo quedó sumido en un silencio sepulcral. La tensión era tan asfixiante que Luis apenas se atrevía a respirar.

Al tratarse de la familia del jefe y haber trabajado para él durante años, Luis conocía muy bien los oscuros secretos de los de Soto. Por eso entendía por qué César siempre mantenía esa actitud fría y distante, sin mostrar emociones ante nadie.

Con una familia como esa, el hecho de que su jefe no se hubiera convertido en un sociópata empeñado en destruir al mundo ya era un milagro.

«Ojalá la Señorita Lamas estuviera aquí», deseó Luis internamente en ese momento. Sabía que con Eliana cerca, el peso en los hombros de su jefe sería mucho más liviano. Días atrás, Luis también había escuchado los insultos de Blanca hacia César. Aunque el jefe pretendía ignorarlo, sabía bien que se había encerrado en su despacho durante dos días.

«Pip, pip». El celular de César volvió a sonar, esta vez con un mensaje de texto.

Creyendo que se trataba de otro intento de acoso por parte de Blanca, César estaba a punto de ignorarlo con la misma expresión fría. Sin embargo, en el instante en que leyó el mensaje, el aura sombría y amenazante que lo rodeaba se desvaneció visiblemente.

El mensaje era de Pedro, y solo contenía unas pocas palabras:

«Eliana ya está divorciada».

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