Eliana lo miró con total seriedad y soltó:
—A ver, solo para estar seguros... no somos parientes de sangre, ¿verdad?
Manuel se atragantó con sus propias palabras, cambiando de expresión drásticamente.
—¡Claro que no! ¿Qué locuras estás pensando?
Eliana soltó un suspiro de alivio. Con tener a César de Soto protegiéndola ya era más que suficiente. Definitivamente no quería encontrarse con otro "hermano de la infancia", y mucho menos con uno que no supiera distinguir entre su esposa y sus caprichos.
Ya más tranquila, se tomó un momento para observar detenidamente el rostro de Manuel. Tras unos segundos, negó con la cabeza.
—De mi infancia antes de los cinco años no recuerdo prácticamente nada. No tengo el más mínimo recuerdo tuyo.
La desilusión cubrió el rostro de Manuel como una sombra.
Eliana, sin perder el ritmo, remató:
—Además, si de verdad fuimos tan unidos, tú tampoco me reconociste, ¿o sí? Si lo hubieras hecho, no te estarías enterando de mi identidad apenas ahora.
Un golpe directo al ego. Directo al corazón.
Cansada de darle vueltas al asunto, Eliana fue al grano:
—¿Me vas a decir de una vez quiénes son mis verdaderos padres?
Pero Manuel decidió evadir la pregunta por completo.
—Eliana, nuestra habitación ya está lista. Durante todo el tiempo que no estuviste, Elena la limpió todos los días. Las sábanas son nuevas y de tu color favorito. Quédate esta noche, ¿sí?
—No te niegues. Quédate esta noche y te diré todo sobre tus padres biológicos —añadió Manuel, endureciendo su tono, aunque al instante retrocedió un paso—. Yo puedo dormir en el cuarto de invitados, solo... no te vayas.
Eliana estaba verdaderamente harta.
De repente, las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Eliana.
—¡No hagas esto! ¡Por favor, no lo hagas! ¡No! —suplicó con la voz quebrada.
Al verla romperse y llorar, Manuel se congeló. El llanto en su rostro fue como un golpe de realidad. De la nada, levantó la mano y se dio una fuerte bofetada a sí mismo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había jurado que jamás volvería a hacer sufrir a "Ei-ei", y ahora era él quien la estaba haciendo llorar de nuevo.
La soltó con cuidado, dejándola sobre la cama, y le habló con una voz ronca y llena de culpa:
—No llores... no te tocaré. Solo... no intentes irte.
Salió al pasillo y llamó a Elena, pidiéndole una toalla con agua tibia, y supervisó mientras ella le limpiaba el rostro a Eliana.
Luego, salió de la habitación, pero antes de irse, echó llave a la puerta desde afuera, dejándola encerrada.
Sentada en el que solía ser su dormitorio, la respiración agitada de Eliana comenzó a calmarse. Tal vez era el torbellino hormonal de su embarazo, pero se sentía inusualmente vulnerable; cualquier cosa la hacía llorar. Si calculaba bien, había llorado tres veces en las últimas veinticuatro horas. Eso no se parecía en nada a ella.

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