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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 275

Su voz temblaba visiblemente.

—¿De qué noche hablas? —respondió Eliana, luciendo genuinamente confundida. Todas las cosas que Manuel había dicho ese día carecían de sentido. ¿Acaso los golpes que había recibido lo dejaron alucinando?

Al ver su rostro desconcertado, Manuel creyó casi por completo en su oscura sospecha.

Decidió evadir la pregunta. No se atrevía a dejar que Eliana supiera que la había confundido, que se había acostado con la mujer equivocada, y mucho menos que esa mujer podría estar esperando un hijo suyo. Tenía el presentimiento de que, si Eliana descubría la verdad, un abismo infranqueable se abriría entre ellos, arrebatándole cualquier posibilidad de redención.

Recomponiendo sus facciones rápidamente, soltó una excusa cualquiera: —Una noche me pareció ver a una mujer cerca de mi oficina y creí que eras tú.

Eliana sabía que solo estaba diciendo tonterías para despistarla, y tampoco le interesaba indagar. Los asuntos de Manuel no le importaban lo más mínimo.

Manuel retrocedió hacia la puerta, su tono lleno de abatimiento: —Descansa, voy a salir un rato. —Hizo una pausa, y pareció requerir toda su fuerza de voluntad para agregar—: Cuando tu hermano llegue, si quieres irte con él, hazlo. Pero recuerda que esta casa... siempre será tu hogar.

Desde que la vio tener arcadas y rechazarlo, Manuel había desistido de usar la fuerza para retenerla. Nunca imaginó que ella reaccionaría de una forma tan visceral, y no podía soportar ver a su querida Ei-ei sufrir el más mínimo agravio.

—Sobre tus verdaderos padres, cuando estés lista para buscarme, te lo explicaré todo con detalle —continuó, dejando escapar una sonrisa resignada y amarga—. Eli, no me odies. Me has rechazado tanto últimamente que simplemente... no supe cómo más hacer para que te quedaras a mi lado.

Sus ojos reflejaban un dolor genuino, como si realmente no hubiera tenido otra alternativa.

Eliana lo miró en silencio. No dudaba de que los sentimientos que él mostraba en ese momento fuesen reales.

Pero ese tipo de "amor profundo" nunca ocuparía más que un porcentaje insignificante en la vida de ese hombre. Para Manuel, siempre habría prioridades mayores.

Si todo estaba en paz, podía ser el hombre más devoto del mundo, pero cuando otras cosas entraban en juego, siempre era ella a quien se le exigía sacrificarse.

Primero se dirigió a su madre: —Mamá, ve a descansar. Yo me encargaré de esto.

Al ver la tormenta en el rostro de su hijo, la señora Romano asintió y le recomendó: —Manuel, tus heridas aún no sanan. Cuando resuelvas esto, deberías regresar al hospital.

Ya en la puerta, no pudo evitar detenerse para decir: —Independientemente de todo, sigue siendo tu hijo. Tu primer hijo... debes...

—Ya lo sé, mamá —la cortó Manuel con impaciencia.

Tan pronto como su madre desapareció, la ira acumulada de Manuel hacia Esther estalló sin filtros. Viejas cuentas y nuevos engaños se ajustarían en ese mismo instante.

Caminó hacia Esther con pasos largos y firmes, levantó la mano y le propinó una bofetada tan brutal que la fuerza del impacto lanzó a Esther de bruces contra el reposabrazos del sofá.

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