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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 51

—Pienso seguir vendiéndolas bajo el nombre de Rose —respondió Eliana.

Aún no estaba lista para revelar al mundo que ella era la famosa Rose. La familia Romano tenía demasiado poder; necesitaba mantener algunas cartas ocultas bajo la manga por si las cosas se complicaban.

Además, la última vez en la galería de arte lo había notado perfectamente. Esther y Manuel estaban desesperados por conseguir las pinturas de Rose para asegurar un trato comercial de alto nivel. A ella no le interesaba averiguar los detalles de sus negocios; solo le importaba seguir exprimiéndoles cada centavo y sacarles el mayor provecho posible.

Cada vez que recordaba cómo, aquella noche en la galería, Esther intentaba sonar sofisticada analizando la obra de Rose frente a un fascinado Manuel, Eliana sentía una mezcla de ironía y profunda satisfacción.

Casi podía saborear la anticipación de ver sus caras cuando descubrieran que la brillante artista a la que tanto admiraban no era otra que ella.

Pero aún no era el momento. Quería prolongar el juego un poco más. Verlos arrastrarse y pagar caro por sus ambiciones era demasiado divertido como para arruinarlo ahora.

—Me parece bien —asintió Fabián, sospechando sus intenciones pero sin hacer más preguntas—. Ya sabes que si necesitas cualquier cosa, cuentas conmigo.

La primera fase del concurso era bastante directa.

Todos los competidores debían presentar una obra representativa, sin restricciones de formato. Un panel de expertos evaluaría técnica, creatividad, carga emocional y nivel de ejecución. Los cien artistas con la calificación más alta avanzarían a la segunda ronda.

Para esta primera criba, solo debían subir una versión digital en alta resolución al sistema. Si pasaban el corte, tendrían que presentar la obra física en un lugar determinado para su verificación.

La noche antes del cierre de inscripciones, Eliana terminó de subir el archivo de «Lonely Me».

Hizo clic en confirmar y la página mostró el mensaje: «Envío exitoso». Apagó el monitor, se recostó pesadamente en su silla y cerró los ojos.

—¡Ese anciano es un monstruo! —había gritado Fabián, tras tragarse un vaso entero de agua para calmarse—. Nada le parece bien. Te critica hasta la forma de respirar. Que si estás mal parado, que si tus manos son muy toscas, que si le vas a arruinar sus tesoros. Y lo peor de todo es que sus argumentos son tan técnicos que ni siquiera puedes contradecirlo. ¡A mí me hablan de los Guerrero y me da estrés postraumático!

Pero ahora, al recibir la invitación de su maestro, a Eliana solo se le cruzó un pensamiento por la mente: Su gran oportunidad había llegado.

Con las tres grandes familias de Valdemar en juego, ya tenía a dos en su contra.

A los Garza, ni mencionarlo; para Esther, Eliana era el enemigo número uno. Y el sentimiento era mutuo. Eliana jamás olvidaría que los Garza le habían robado a su padre el cupo para su tratamiento médico.

Y con los Romano, si bien las cosas no habían estallado por completo, estaban a un paso. En cuanto el divorcio fuera oficial, se desataría la guerra.

Siendo así, su mejor jugada era ganarse el favor de la familia Guerrero para tener un escudo protector cuando llegara la tormenta.

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