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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 58

—¿Me concederías el honor de darle un vistazo antes que nadie?

Eliana no se hizo de rogar. Sacó su celular, abrió el archivo de la pintura y se lo tendió al anciano.

La pantalla se iluminó.

«Lonely Me».

Los ojos de Don Octavio se clavaron en la imagen y no se apartaron más.

La expresión casual y amistosa que tenía desapareció por completo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, dejando su taza de té a un lado. Su mirada se volvió intensa y escrutadora.

El comedor quedó envuelto en un silencio absoluto durante varios segundos.

—Excelente —murmuró Don Octavio finalmente.

Levantó la vista hacia Eliana; sus ojos brillaban con una admiración profunda.

—Es una gran pintura.

Señaló un punto específico en la pantalla, y su tono se volvió solemne:

—El manejo del contraste entre las luces y las sombras en esta zona es magistral. Lograr un efecto así exige muchísimos años de práctica; es una técnica que no parece corresponder a alguien de tu edad.

Y con un suspiro de asombro, concluyó: —El talento de las nuevas generaciones nunca deja de sorprenderme.

—Se lo agradezco mucho, Don Octavio —respondió Eliana en voz baja.

No le aclaró que había pintado ese cuadro hacía siete años. A sus propios ojos, la técnica que utilizó en ese entonces todavía era un poco inmadura comparada con su nivel actual.

Don Octavio giró la pantalla hacia el otro lado de la mesa, sonriéndole a César:

—César, mírala tú también.

En el instante en que los ojos de César de Soto se posaron sobre la pantalla, su respiración se detuvo.

La desolación que irradiaba ese lienzo era tan abrumadora que se parecía demasiado a una etapa de su vida que había enterrado en lo más profundo de su memoria.

Sintió como si algo le golpeara el pecho con fuerza. No se atrevió a mirar la imagen por mucho tiempo; apartó la vista y murmuró con voz ronca:

—Está muy bien hecha.

La brisa nocturna agitó los mechones alrededor de su rostro, desbaratando también la fría compostura que tanto se había esforzado en mantener.

César tragó saliva y su voz se volvió más rasposa:

—Sobre lo que pasó en aquel entonces... yo no tenía opción. Yo no quería decirte eso.

—Lo que querías o no, ya no importa —Eliana soltó una risa amarga que no le llegó a los ojos—. Estamos bien así. Cada quien por su lado, sin molestarnos.

—¿Cada quien por su lado? —se burló César—. ¿Te casas con un Romano y te dejas tratar como su sirvienta? Y ahora que su amor de juventud regresa al país, él te hace a un lado. ¿A eso le llamas estar bien?

Eliana se tensó por completo, pero rápidamente recuperó su coraza:

—Eso no es algo que a ti te interese.

Decidida a lastimarlo, añadió con crueldad:

—Además, yo lo amo. Yo elegí esto.

Por supuesto, omitió convenientemente el detalle de que estaba a punto de divorciarse. No tenía por qué darle explicaciones.

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