—...Nadie es tan irracional como tú para entrar a la fuerza en una casa ajena.
César soltó una carcajada irónica, sin ganas de seguir discutiendo, y caminó hacia la cocina.
—La cena ya casi está lista, ve a sentarte.
Eliana se quedó paralizada.
—¿Viniste solo a cocinarme?
—¿Si no para qué? ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer? —César miró de reojo su mano enyesada—. ¿Planeabas sobrevivir a base de milagros con una sola mano?
—Puedo pedir comida para llevar —se defendió Eliana, terca como siempre.
—Claro, puedes comer basura. ¿Y cómo piensas bañarte? ¿O ir al baño? —El tono de César era casual, pero su mirada tenía un brillo burlón—. ¿O acaso no te has bañado desde que te lastimaste?
Eliana sintió que el rostro le ardía.
César soltó otra risa suave.
—¿Por qué te pones roja? Tranquila, aunque huelas a rayos, no me vas a dar asco. Después de todo, ya estoy acostumbrado a verte sin bañar por semanas, igual que cuando eras niña.
Eliana se puso aún más roja. Cuando era niña le dio varicela, y el médico había sido tajante en que no podía tocar el agua. Recordaba perfectamente cómo César no dejaba de quejarse de que apestaba, pero en el fondo, no se apartaba de ella ni un segundo. Para calmar sus berrinches, él se ponía guantes y cubrebocas solo para poder abrazarla hasta que se durmiera.
Pero ella era una niña en ese entonces. ¿Cómo podía atreverse a comparar eso con el presente?
Quiso protestar, pero sabía que discutir con él era perder el tiempo, así que cerró la boca.
La cena que preparó César era sumamente sencilla: un tazón de sopa casera. Después de todo, siendo el todopoderoso CEO del Consorcio de Soto, ¿qué tanta magia culinaria se le podía exigir?
Eliana se comió todo en completo silencio, sin mostrar expresión alguna. Pero César la conocía demasiado bien; al ver cómo entrecerraba ligeramente los ojos, sabía que estaba disfrutando esa comida casera como nadie.
—Si no me quieres agregar, no lo hagas. Si ni siquiera te acuerdas de lo que dejaste botado, significa que no es importante para ti.
—¡Oye, espera! —Eliana entró en pánico.
—Ya es tarde para arrepentirse. Si te da tanta pereza agregarme, mañana mismo lo echo a la basura.
Al ver que César estaba a punto de guardarse el teléfono en el bolsillo, Eliana perdió los estribos. Se puso de pie de un salto y se estiró sobre la mesa para arrebatárselo. Pero calculó mal su fuerza, su mano herida no pudo sostener su peso, y cayó de frente hacia él.
Las pupilas de César se encogieron. Por puro instinto, soltó el teléfono y abrió los brazos para atraparla en el aire.
Por la fuerza del impacto, chocaron de frente, quedando tan cerca que podían sentir el calor de sus respiraciones chocando contra sus rostros.
Eliana quedó completamente aplastada contra el pecho de César. Para evitar que cayera al suelo, él la sujetó con fuerza; sus dedos se hundieron con firmeza en la cintura de Eliana, apretándola más contra él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada