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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 99

—Tu esposo... Manuel Romano vino a buscarte.

¿Manuel? ¿Qué diablos hacía él en el estudio de restauración?

—Entendido, voy para allá.

Cuando Eliana llegó al estudio, encontró a Manuel sentado en la modesta sala de descanso del primer piso, con Fabián de pie a un lado. Llamarlo "sala" era ser generosos; el edificio era viejo, con paredes de ladrillo visto, y solo habían improvisado un rincón con un par de sillas y una mesa.

Fabián ni siquiera le había ofrecido un vaso de agua, dejando muy clara su postura. A Manuel, por supuesto, esto no pareció importarle; su mente estaba en otro lado.

Al ver entrar a Eliana con el brazo inmovilizado, Fabián se acercó apresuradamente.

—¡¿Qué le pasó a tu mano?!

Eliana sacudió la cabeza, restándole importancia.

—No es nada grave, ya casi está curada. Luego te cuento.

Fabián asintió, le dio una palmada protectora en el hombro y, lanzando una mirada asesina hacia Manuel, murmuró:

—Si necesitas algo, pégame un grito.

Y con eso, se retiró a la parte trasera.

Eliana y Manuel se quedaron a solas. Era la primera vez que se veían cara a cara tras el zafarrancho en el hospital. Un silencio pesado cayó entre ambos.

Manuel levantó la vista para observarla. Llevaba una sudadera holgada forrada de lana, y su rostro, pequeño y delicado, se escondía a medias en el cuello de la prenda. Tenía el cabello alborotado sobre los hombros, y sus mejillas y nariz estaban sonrojadas por el viento frío del exterior, dándole un aspecto increíblemente vulnerable.

De repente, sintió que viajaba al pasado. La imagen se sobrepuso a la de aquella noche, la primera vez que la vio; cuando era solo una jovencita enfrentando un problema abrumador, conteniendo las lágrimas con los ojos rojos y mirándolo con desesperación.

En ese entonces, a él el corazón le había dado un vuelco.

Por un segundo, se quedó sin palabras.

No le creía ni una sola palabra.

—Luego hablamos de eso —dijo Eliana, zafando su mano con sutileza.

—Sé perfectamente qué es lo que te atormenta —se justificó Manuel, con un tono más sombrío, frustrado por su rechazo—. Siempre creí que Esther era la niña que me salvó la vida hace años. Pero hace poco descubrí que... que me equivoqué de persona.

Su verdadera "Ei-ei" era un secreto guardado bajo siete llaves en su corazón, por lo que su explicación fue torpe y vaga.

Pero, después de tres años de matrimonio, Eliana lo conocía como la palma de su mano. Aunque solo lo dijo a medias, ella captó el mensaje de inmediato.

Se echó a reír.

—Ah, ya entiendo. ¿Me estás diciendo que, si algún día te cruzas con la verdadera chica de tu pasado, volveremos a montar el teatrito de la infidelidad?

—¡No es lo mismo! Solo quiero saber si está bien, nada más —replicó él, claramente ofendido de que ella lo acorralara de esa manera.

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