Domingo, mediodía.
Teófilo Cruz sostenía su celular con una mano, la mirada clavada en la pantalla y el ceño fruncido como si estuviera resolviendo la fórmula de su vida. Uno de sus amigos, intrigado por tanta concentración, se acercó para echar un vistazo.
Apenas vio lo que tenía abierto en el teléfono, el amigo suspiró y se llevó la mano a la cabeza.
—No puede ser, viejo, es fin de semana. ¿De verdad La Conquista Comercial te paga tanto como para tenerte enganchado incluso sábado y domingo? Yo pensé que estabas buscando la manera de invitar a la señorita Paulina a salir.
La verdad era otra. Lo de Teófilo tenía más que ver con su propio afán de superarse, y no tanto con presiones de La Conquista Comercial.
Ante el comentario, Teófilo guardó silencio.
Antes de saber que Paulina Romo seguía casada, se la pasaba casi cada semana ideando formas de invitarla a salir. Pero después, cuando ella le confesó que aún no había firmado el divorcio...
Aunque, por lo que Paulina le contaba, su matrimonio ya iba directo al fracaso, el hecho seguía ahí: todavía no se había divorciado.
Viendo que Teófilo se quedaba callado, su amigo golpeó la mesa con los nudillos.
—¿Qué, ahora tampoco vas a decir ni pío? ¿En qué andas pensando?
Teófilo volvió en sí.
Antes, cuando creía que Paulina ya estaba divorciada, ni siquiera se molestaba en pensar en su esposo. Pero desde que supo que la separación todavía no era oficial, y que el tipo estaba a punto de dejarla, no podía evitar preguntarse cosas.
Ya había pasado un buen tiempo desde que conocía a Paulina. Para él, era alguien con una vibra increíble, guapa, talentosa y de trato fácil. De pronto, le entró una curiosidad insaciable: ¿qué clase de persona podía ser el esposo de Paulina? ¿Qué tipo de hombre sería capaz de dejar ir a alguien como ella?
Con esa idea rondándole la cabeza, estuvo a punto de pedirle a su amigo que investigara al tal esposo. Sin embargo, ni siquiera le dio tiempo de abrir la boca cuando una voz lo llamó desde atrás.
—¿Teófilo?
Levantó la vista.
Era Mercedez Lobos.
Mercedez le sonrió y se acercó con paso ligero.
—¿Desde temprano andas por aquí? Pensé que a estas horas ni te habrías despegado de las sábanas.
Teófilo le echó una mirada breve y contestó, sin mucha emoción:
—¿Se te ofrecía algo?
Desde que Teófilo se había unido a La Conquista Comercial, apenas y veía a Mercedez fuera del trabajo. Y para ser honestos, desde que descubrió que ella andaba con Armando Frias, la distancia entre ellos se había vuelto abismal.
Mercedez, sin darle vueltas al asunto, se sentó a su lado.
—El otro día tu hermana volvió a buscarme. Me dijo que tu familia sigue esperando que regreses a echarles la mano. Que por más que te lo dicen, nomás no haces caso...
Hizo una pausa, luego prosiguió en tono suave:
—Mira, ya llevas varios meses fuera de casa. Digo, quedarte en La Conquista Comercial tampoco es el fin del mundo, pero, ¿no crees que deberías...
Ella asintió y le devolvió la sonrisa.
—Sí, vaya que el mundo es pequeño.
Al notar al hombre que acompañaba a Orlando, Mercedez lo saludó con calidez.
—¿El señor Tito también vino? Hace siglos que no nos vemos.
Tito asintió, pero no dijo nada. En cambio, dirigió la mirada a Teófilo, que seguía sentado en silencio.
Mercedez, rápida de reflejos, los presentó.
—Él es Teófilo. Teófilo, él es...
Pero justo en ese momento, Tito y Teófilo se miraron directamente, ambos con una expresión difícil de descifrar.
Los dos, al mismo tiempo, interrumpieron la presentación de Mercedez.
—Ya nos conocemos.
La sorpresa fue general. Tanto Mercedez como Orlando se quedaron boquiabiertos.
Y es que, según sus recuerdos, esos dos nunca se habían cruzado antes...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Espectacular Transformación de la Reina AI
Super narcisista la Mercy, dios q me sacan y ese Orlando peor q un perro faldero...
Muy buena novela...
Muy emocionante, aunque Armando no se a que juega otra vez con Mercedes...