La lluvia golpeaba los ventanales del piso 45 como si quisiera entrar a la fuerza. Eran las 10:47 p.m. La oficina estaba desierta, solo quedaba el zumbido lejano del aire acondicionado y el eco de mis tacones cuando me acerqué a su escritorio con la carpeta de la junta de accionistas.
Sebastián Blackwood levantó la vista de su laptop. Sin preámbulos, empujó un sobre negro hacia mí.
—Cásate conmigo. Máximo un año. O pierdo todo lo que he construido.
La carpeta casi se me cae. Mis dedos se congelaron alrededor del borde.
—¿Disculpe?
—No me hagas repetirlo, Chloe. —Mi nombre en su boca sonó diferente, menos impersonal—. Mi abuelo dejó una cláusula en el testamento. Si no estoy casado antes de los veintinueve, Blackwood Tech pasa a Ethan. Mi primo. No voy a permitirlo.
Abrí el sobre con manos que apenas obedecían. Contrato matrimonial temporal. Un año prorrogable. Un millón al final. Deudas de mi padre cubiertas desde el día uno. Hipoteca de mi madre liquidada. Contacto físico solo si ambos lo consentimos expresamente. Sin emociones. Sin complicaciones.
Levanté la vista, el corazón latiéndome en la garganta.
—¿Por qué yo?
—Porque confío en ti. —Se inclinó hacia adelante, codos en las rodillas—. Llevas tres años manejando mi caos sin fallar. Eres discreta. Inteligente. No buscas titulares ni mi dinero. Eres… perfecta para esto.
Perfecta. La palabra me dolió como un golpe sordo. Como si fuera solo una herramienta más en su kit de supervivencia corporativa.
—¿Y si digo que no?
—Mañana busco otra secretaria. —Hizo una pausa breve, casi imperceptible—. Pero ninguna será como tú.
El silencio se estiró entre nosotros, roto solo por la lluvia. Pensé en mi padre, en las noches que tosía hasta quedarse sin aire, en mi madre limpiando mesas hasta las tres de la mañana para cubrir lo que el seguro no alcanzaba. Pensé en cómo había dejado la universidad a medio camino, en mis dibujos digitales guardados en una carpeta que nunca abría porque no había tiempo ni dinero para soñar con ser ilustradora.
Tragué saliva.



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