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La esposa de Blackwood romance Capítulo 4

El domingo amaneció con una luz perezosa filtrándose por las cortinas de mi apartamento. Sara había salido temprano a un brunch. Me había despertado tarde para mis estándares, las 9:30 a.m., y me preparé un café fuerte, negro. Me senté en el sofá con la tableta en la mano, intentando dibujar algo neutral: un paisaje urbano, edificios altos como Blackwood Tech, luces borrosas en la distancia. Pero cada línea me recordaba el beso en el juzgado. Ese beso que no había sido solo para los testigos. Lo borré todo y apagué la tableta, frustrada conmigo misma.

El teléfono vibró sobre la mesa de centro. Lo tomé, esperando un mensaje de mi madre o Sara. Pero era él. Sebastián Blackwood. El nombre en la pantalla me hizo contener la aliento.

Sebastián Blackwood: Cambio de planes. El miércoles conocerás a toda mi familia y algunos amigos cercanos en una cena formal. Es el momento de presentarte públicamente. Tendrás que mudarte al penthouse antes de lo esperado para que sea creíble. Alista tus cosas esenciales. El miércoles en la tarde, mi chofer pasará por ellas. No traigas demasiado; el armario ya está preparado con lo necesario. Confirma recibido.

El mensaje era seco, ordenado, como un correo de trabajo. Ni un "buenos días", ni un "cómo estás". Solo instrucciones. Mi pulso se aceleró. La convivencia que había sido un "pronto" ahora era inminente. Tres días. Solo tres días para empacar mi vida y mudarme a su mundo frío de mármol y vistas panorámicas. Tragué saliva y respondí rápido, antes de que el pánico me paralizara.

Yo: Recibido. Estaré lista.

Me levanté y caminé por el apartamento, abriendo cajones y armarios. ¿Qué era "esencial"? Mi tableta gráfica, algunos libros de ilustración que había comprado en rebajas, ropa cómoda que no encajaría en su armario de diseñador, fotos de mi familia en marcos baratos. Pensé en mi padre, en cómo le diría que me mudaba "por trabajo". En mi madre, que me preguntaría por qué tan repentino. No tenía respuestas listas. Solo mentiras a medias.

El resto del domingo lo pasé empacando. Dos maletas medianas: una con ropa y zapatos, la otra con mis cosas personales. Parecían demasiado pequeñas para una vida entera.

El lunes llegó como si nada hubiera cambiado. Llegué a la oficina a las 6:45 a.m., como siempre. Preparé su café negro sin azúcar, revisé la agenda, encendí mi ordenador y prioricé correos. Todo mecánico, todo normal.

Sebastián entró a las 7:00 en punto. Pasó por mi escritorio sin mirarme, solo un gesto seco con la cabeza. Lo seguí con la vista hasta que cerró la puerta de su oficina con un clic firme.

El día transcurrió en una rutina familiar. Él estuvo gruñón, más de lo habitual, pero eso era normal en él. Llamadas cortantes con el equipo "Esto no es aceptable, rehaganlo para las 15:00", correos devueltos con correcciones en rojo, un suspiro impaciente cuando le entregué el informe preliminar y encontró un error mínimo en las proyecciones. "Collins, ¿revisaste esto dos veces como te pedí?" Su voz era afilada, pero sin malicia. Solo exigencia. Lo conocía bien: los lunes siempre eran así, como si el fin de semana le recordara que el mundo no se movía a su ritmo. No mencionó la cena, ni la boda, ni la mudanza, ni el beso. Nada. Como si el sábado no hubiera existido.

Yo mantuve la fachada: respondí "Sí, señor Blackwood" a cada orden, actualicé slides sin quejarme, coordiné con Legal para la revisión de contratos. Por dentro, mi mente giraba: ¿cómo sería la cena? ¿Su familia me miraría como a una intrusa? ¿Tendría que fingir amor delante de ellos? Salí a las 20:30, exhausta. En casa, revisé las maletas una vez más. Agregué un cuaderno de bocetos vacío. Quizás en el penthouse tendría tiempo para dibujar.

El martes fue una copia del lunes, Sebastián entró puntual, gruñón de nuevo. Nada fuera de lo común.

Yo seguí el ritmo e intenté distraerme, pero todo se me mezclaba en la cabeza; la mudanza. La cena. La presentación a su familia. ¿Qué diría? ¿"Encantada de conocerlos, soy la esposa falsa de su hijo/nieto/primo"? Me fui a casa a las 19:45, cené un sándwich rápido y me acosté temprano. El sueño no llegó fácil; soñé con ojos grises y besos que no eran para practicar.

El miércoles amaneció con una lluvia fina que empañaba las ventanas de la oficina.

A las 14:00, mi teléfono interno sonó. Era él.

—Collins, a mi oficina. Ahora.

Cerré mi estación, tomé la carpeta con las notas pendientes y caminé hasta su puerta. Golpeé una vez.

—Pasa.

Entré y estaba de pie junto al ventanal, mirando la ciudad bajo la lluvia. No se giró de inmediato.

Dejé la carpeta en el escritorio.

—Aquí están las actualizaciones de la fusión. Legal aprobó la cláusula 12, y las proyecciones…

—Deja eso.

Su voz cortó el aire. Se giró, ojos grises fijos en mí. Intensos.

—No es por trabajo.

Tragué saliva.

—¿Entonces?

—Saldremos en una hora. Necesitas un vestido para la cena de esta noche. Algo apropiado para conocer a mi familia. El chofer nos espera abajo a las 15:00.

—No necesito… —empecé.

—Necesitas —me interrumpió, caminando hacia el escritorio—. Y no discutas. El tiempo apremia.

Asentí, porque pelear no tenía sentido. Salí de su oficina con las piernas un poco flojas. El resto de la hora lo pasé fingiendo trabajar, pero mi mente estaba en otra parte: ¿qué tipo de vestido? ¿Para impresionar a su familia? ¿Algo elegante, conservador, o algo que gritara "soy digna de Blackwood"?

A las 15:00 bajamos en el ascensor privado. Silencio denso. Él no habló; yo tampoco. Afuera, el Bentley negro esperaba. Subimos atrás. El chofer arrancó hacia el distrito de lujo.

Llegamos a una boutique con fachada de vidrio oscuro. Cuando entramos, una estilista elegante de unos cincuenta años que nos recibió con una sonrisa profesional.

Capítulo 4 1

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