El Bentley se deslizó por las avenidas iluminadas de la ciudad, pero Sebastián no le dio orden al chofer de dirigirse directamente a la mansión familiar. En cambio, el coche tomó una ruta secundaria, hacia un barrio residencial tranquilo, de casas antiguas y jardines cuidados. La lluvia había parado, dejando el aire fresco y húmedo. Dentro del auto, el silencio era tan denso que se podía oír el latido de mi corazón.
Sebastián se había mantenido callado desde que salimos de mi apartamento. Su mano descansaba sobre su rodilla, los dedos tamborileando una vez, solo una, antes de detenerse. Finalmente, cuando el coche redujo velocidad y se detuvo frente a un parque pequeño y oscuro, iluminado solo por farolas tenues, él habló.
—Para aquí —le dijo al chofer. —bájate.
El motor se apagó. El chofer salió y el silencio se hizo absoluto.
Sebastián se giró hacia mí. Sus ojos grises brillaban bajo la luz amarilla de una farola lejana.
—Antes de llegar a la mansión, hay algo que debemos hacer.
Sacó una cajita de terciopelo negro del bolsillo interior de su chaqueta, me la tendió y me pidió que la abierta. Dentro había dos anillos: uno de compromiso con un diamante solitario, elegante y discreto, y otro más ancho, de oro con un diseño sutil grabado en el interior.
—El de compromiso —dijo, tomando el primero—. Y el de boda. Póntelos.
Sacó otro anillo idéntico al mío, oro, el mismo diseño grabado, y lo deslizó en su propio dedo anular sin ceremonia, como si lo hubiera hecho mil veces en su mente.
—Hoy formalmente empieza todo —dijo, voz baja y ronca—. A partir de esta noche, ante mi familia, soy tu esposo. Tú eres mi esposa. No hay medias tintas.
Me miró fijamente. Sus ojos no parpadearon.
—Mi abuelo va a preguntar. Va a querer saber cómo nos conocimos, cómo pasó todo tan rápido. La historia es esta: nos conocimos en el trabajo hace tres años. Empezamos a salir en secreto, nos enamoramos. Lo sentimos, pero no pudimos esperar para casarnos. Fue impulsivo, pero real.
Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran.
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