Entrar Via

La esposa de Blackwood romance Capítulo 5

El Bentley se deslizó por las avenidas iluminadas de la ciudad, pero Sebastián no le dio orden al chofer de dirigirse directamente a la mansión familiar. En cambio, el coche tomó una ruta secundaria, hacia un barrio residencial tranquilo, de casas antiguas y jardines cuidados. La lluvia había parado, dejando el aire fresco y húmedo. Dentro del auto, el silencio era tan denso que se podía oír el latido de mi corazón.

Sebastián se había mantenido callado desde que salimos de mi apartamento. Su mano descansaba sobre su rodilla, los dedos tamborileando una vez, solo una, antes de detenerse. Finalmente, cuando el coche redujo velocidad y se detuvo frente a un parque pequeño y oscuro, iluminado solo por farolas tenues, él habló.

—Para aquí —le dijo al chofer. —bájate.

El motor se apagó. El chofer salió y el silencio se hizo absoluto.

Sebastián se giró hacia mí. Sus ojos grises brillaban bajo la luz amarilla de una farola lejana.

—Antes de llegar a la mansión, hay algo que debemos hacer.

Sacó una cajita de terciopelo negro del bolsillo interior de su chaqueta, me la tendió y me pidió que la abierta. Dentro había dos anillos: uno de compromiso con un diamante solitario, elegante y discreto, y otro más ancho, de oro con un diseño sutil grabado en el interior.

—El de compromiso —dijo, tomando el primero—. Y el de boda. Póntelos.

Sacó otro anillo idéntico al mío, oro, el mismo diseño grabado, y lo deslizó en su propio dedo anular sin ceremonia, como si lo hubiera hecho mil veces en su mente.

—Hoy formalmente empieza todo —dijo, voz baja y ronca—. A partir de esta noche, ante mi familia, soy tu esposo. Tú eres mi esposa. No hay medias tintas.

Me miró fijamente. Sus ojos no parpadearon.

—Mi abuelo va a preguntar. Va a querer saber cómo nos conocimos, cómo pasó todo tan rápido. La historia es esta: nos conocimos en el trabajo hace tres años. Empezamos a salir en secreto, nos enamoramos. Lo sentimos, pero no pudimos esperar para casarnos. Fue impulsivo, pero real.

Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran.

Nuestros labios se encontraron.

No hubo roce previo, ni vacilación romántica. Fue directo: boca contra boca, labios cerrados al principio. Su boca era cálida, firme, con un leve rastro de menta que debía venir de un chicle o un caramelo que había tomado antes. Abrí los labios apenas, siguiendo la lógica de lo que él había dicho: natural, no frío. Él respondió abriendo los suyos también.

La lengua entró despacio, sin urgencia. Rozó la mía en un contacto experimental, como si estuviera probando la respuesta. Era húmeda, caliente, pero el movimiento era controlado: un deslizamiento lento a lo largo de la mía, un roce lateral, luego otro más profundo para ver cómo encajábamos. Respondí por reflejo, moviendo mi lengua contra la suya en el mismo ritmo pausado. No era un beso apasionado; era un ejercicio. Lenguas que se tocaban, se enredaban brevemente, se separaban y volvían a encontrarse para ajustar el ángulo.

Sentí el calor de su aliento contra mi piel, el leve sabor salado de su saliva mezclado con el mío. Su mano en la nuca no me apretaba, pero mantenía la posición; la de la cintura me mantenía cerca sin arrugar el vestido más de lo necesario. Mi palma terminó apoyada en su pecho por equilibrio, y bajo la camisa sentí el latido rápido de su corazón, no por emoción, pensé, sino por la adrenalina de ensayar algo tan íntimo con una extraña.

Profundizamos un poco más. Su lengua empujó la mía con más firmeza, explorando el interior de mi boca: el paladar, la cara interna de los labios, un roce lento que hacía que todo se volviera más húmedo, más resbaladizo. El sonido era sutil pero innegable en el silencio del auto: el leve chasquido húmedo, nuestras respiraciones que se aceleraban un poco a pesar de todo. Intenté mantenerlo clínico, pero el cuerpo traicionaba: mis rodillas se aflojaron ligeramente, tuve que aferrarme a su chaqueta con más fuerza.

Cambió el ritmo una vez, solo para probar: se retiró apenas, dejando que yo lo buscara, y cuando lo hice él respondió entrando de nuevo, esta vez con un movimiento más largo, más envolvente. No había gemidos, ni suspiros románticos; solo el control preciso de alguien que quería que saliera bien. Duró más de lo que esperaba, unos treinta segundos, quizás cuarenta, lo suficiente para que el beso dejara de sentirse extraño y empezara a parecer… rutinario. Natural.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood