El cementerio era un mar de lápidas grises. La tormenta no daba tregua. Valentina sentía el agua helada calando hasta el alma; su ropa oscura pesaba ahora como una armadura de plomo.
Frente a ella, el pequeño ataúd blanco de Luz. Una mancha de pureza insultante entre el barro. Su hija, su única razón para respirar, se iba a la tierra con solo seis años. Valentina no lloraba. Emitía un gemido animal, un sonido roto desde un pecho que ya no latía, sino que sangraba.
Cristina la sostenía con fuerza. La aferraba para evitar que colapsara en el lodo. Solo eran ellas dos contra el mundo. Valentina cerró los ojos y las últimas palabras de Luz se clavaron como espinas:« No estés triste, mami. Ya no llores. Papi es malo, él no merece tus lágrimas. Sonríe, tus ojitos son más bellos así. Prométeme que no estarás triste. Pronto seré un angelito y te cuidaré mucho. Eres la mejor mamá del mundo».
Un trueno disolvió el recuerdo. El presente regresó con la violencia de un golpe físico.
El ataúd empezó a descender. Valentina se lanzó hacia el borde de la fosa, las manos hundidas en el lodo, los dedos arañando la tierra húmeda.
—¡Llévame a mí! —el grito le desgarró la garganta—. ¡Dios, maldita sea, llévame a mí! ¡No me dejes aquí sin ella!
Cristina la agarró por la cintura, tirando de ella hacia atrás con desesperación. Valentina luchaba, pateaba, quería hundirse en el agujero, quería que la tierra la cubriera también.
—¡Suéltame! ¡Luz me necesita! ¡Tiene miedo a la oscuridad, Cris! ¡Déjame ir con ella!
—¡Vale, mírame! ¡Por favor, detente! —Cristina sollozaba, la cara empapada de lluvia y mocos, apretándola contra su pecho.
Valentina se desplomó de rodillas. El barro manchó su rostro, su ropa, su vida entera. Ya no gritaba. Ahora era un lamento sordo, un balanceo rítmico de alguien que ya no habita su propio cuerpo.
—Se acabó, Cris —susurró. Su voz era un hilo de ceniza—. Mi vida se entierra hoy.
—No digas eso, Vale. Tienes que ser fuerte. Por ella... —Cristina temblaba. Sus brazos apenas podían sostener el peso muerto de su amiga.
Valentina negó con la cabeza, los ojos fijos en el vacío.
—No hay un "por ella". Ella es tierra. Y yo... yo solo soy un cadáver que se le olvidó dejar de respirar.
Valentina no respondió. No quedaba nada.
Se miró las manos. Estaban vacías, rugosas por el frío. Esas manos que nunca más peinarían a Luz. Que no volverían a calmar una pesadilla. El vacío no era una ausencia; era un monstruo. Tenía garras y la devoraba por dentro, dejándola como una cáscara hueca bajo la tormenta.
El cielo seguía llorando. Pero no había lluvia en el mundo capaz de lavar su agonía. Acababa de entregar su corazón a la tierra. Y la tierra, fría y sorda, no se lo iba a devolver.
***
El regreso a la mansión de los Echeverry fue un túnel de sombras. Valentina entró arrastrando los pies, dejando un rastro de agua por el lujoso mármol de la entrada. Solo quería llegar a la habitación de su hija, tumbarse en su cama y buscar el olor de su colonia en las sábanas.

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