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LA ESPOSA DESPRECIADA ES AMADA POR EL BILLONARIO romance Capítulo 3

Los días se tiñeron de un gris amargo. Valentina se levantaba por inercia, arrastrando los pies hacia la habitación de Luz. Allí se encerraba con Cristina, la única presencia que no le provocaba náuseas. Se aferraba a los vestidos de su hija y a sus juguetes, esperando un milagro que la lógica le negaba pero que su corazón herido aún reclamaba en silencio.

Desde afuera, la escena parecía una tragedia familiar. Sus padres, sus suegros y Sandra se turnaban para entrar con bandejas de comida y palabras vacías. Ante los ojos de Leónidas, ellos solo buscaban rescatarla de la oscuridad.

Valentina los observaba sin pestañear. Sabía que esa supuesta piedad era un disfraz.

Esa noche, la mansión vibraba con una alegría que a Valentina le resultaba obscena.

El champán corría y las risas de Héctor resonaban, liderando ese teatro de perfección. Mientras Georgina, su madre, vigilaba cada rincón con la precisión de un halcón. Valentina los observaba desde la sombra de la escalera principal. Su vestido negro era un grito mudo, una mancha de luto en medio de tanta hipocresía dorada.

—Me alegra que dejaras ese encierro, cariño. Por fin vuelves a ser tú —dijo Héctor, sonriéndole mientras le brindaba una copa.

Valentina aceptó la copa. Sandra y sus padres sonreían con un alivio fingido, creyendo que el tiempo había borrado el rastro de su sucio secreto. Las luces del salón brillaban demasiado, la música sonaba festiva, casi ofensiva. Todo parecía normal. Demasiado normal.

—Claro, no podía perderme tu fiesta. Qué importa que el cuerpo de nuestra hija haya sido enterrado hace poco —respondió con ironía, y dio un sorbo lento a su copa, dejando que el cristal tintineara con suavidad entre sus dedos.

Una pareja cercana dejó de reír. Alguien carraspeó. El comentario cayó como una piedra en agua quieta.

—¡Más te vale que te comportes! —sentenció él, apretándole el brazo con fuerza, hundiendo los dedos en su piel.

Valentina solo sonrió. Una sonrisa suave. Inquietante. Sus ojos, sin embargo, no sonreían.

—Ven, vamos —le indicó Leónidas en voz baja—. Ha llegado el momento para que des tu discurso.

—Está bien —respondió ella, forzando una calma que era puro fuego bajo el hielo—. Hoy todos recibirán lo que merecen.

Valentina fue avanzando lentamente, abriéndose paso entre los invitados.

El sonido de sus tacones no era un caminar, era una cuenta regresiva. Los invitados se giraron. Algunos bajaron la voz, otros se atrevieron a señalarla. "¿Cómo puede estar tan entera?", decían. "¿No es un poco pronto para usar ese escote después del funeral?". Valentina no los escuchaba. Sus ojos estaban fijos en Héctor, que sostenía una copa de cristal fino, viéndose como el dueño del mundo.

Cuando llegó al centro del salón, la orquesta se detuvo. Héctor se acercó a ella con una sonrisa ensayada, intentando tomarla de la cintura para la foto. Valentina lo esquivó con una elegancia técnica, situándose frente al micrófono.

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