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LA ESPOSA DESPRECIADA ES AMADA POR EL BILLONARIO romance Capítulo 5

Los meses pasaron sin tregua. Valentina apenas podía sostenerse en pie, tratando de aceptar que Luz no volvería. Y cuando creyó que nada podía empeorar, todo estalló.

Héctor y Sandra no esperaron. No iban a permitir que los señalaran. Movieron sus fichas con frialdad. Contrataron a un especialista en manipulación digital y le pagaron lo necesario para que el trabajo fuera impecable.

Después vino el golpe final: una rueda de prensa transmitida a nivel nacional. Con semblante firme y discursos calculados, mostraron supuestas pruebas. Aseguraron que Valentina, consumida por el dolor y unos celos obsesivos, había fabricado el video para destruirlos.

El efecto fue inmediato.

La opinión pública cambió de bando. Las dudas se sembraron. Las miradas se desviaron.

Ante el mundo, Héctor y Sandra recuperaron su imagen intachable. Ante Leónidas, Valentina dejó de ser la víctima. Ahora era la inestable, la desbordada, la mujer incapaz de aceptar la realidad.

Esa mañana, el sol golpeaba con una crueldad innecesaria. Valentina salía de un edificio de oficinas en el centro de la ciudad. Otra entrevista de trabajo, otro rechazo.

El reclutador que la atendió parecía dudar, buscando palabras para suavizar el golpe.

—Señora Valentina, sobre su perfil... yo... —empezó él, rascándose la nuca.

—No intente disculparse —lo interrumpió ella, deteniéndose en seco. Su voz era plana, despojada de cualquier rastro de emoción—. Ya me sé el discurso. Nadie quiere contratar a la mujer que acusó a su marido y a su hermana de acostarse frente a las cámaras. Soy un riesgo para la imagen de su empresa.

El hombre la miró con una mezcla de lástima y pudor. Bajó la vista, incapaz de sostenerle el encuentro.

—Lo lamento de verdad. Sus referencias académicas son impecables, pero las órdenes vienen de arriba.

—La lástima no paga las cuentas —sentenció ella con una firmeza que ocultaba el temblor de sus manos.

Valentina se ajustó el bolso al hombro y salió a la calle. El ruido del tráfico y el bullicio de la gente la envolvieron de golpe. Caminaba con la mirada perdida, preguntándose cuánto más podría aguantar. Estaba sola.

De repente, un chillido de neumáticos rompió el ritmo de la avenida. Un niño pequeño, de unos 7 años, corría frenético por el asfalto, persiguiendo una pelota roja. El pequeño no veía el sedán negro que se aproximaba a toda velocidad. El conductor, distraído con el teléfono, apenas reaccionó.

El instinto de madre, ese que Valentina aún llevaba tatuado en las entrañas pese a su pérdida, se activó como un resorte. No lo pensó. No midió el peligro.

—¡Cuidado! —gritó, lanzándose hacia el centro de la calle.

Sus manos alcanzaron el cuerpo del pequeño justo cuando el auto frenaba con un estruendo metálico. El parachoques quedó a escasos centímetros de sus piernas. Valentina cayó de rodillas, abrazando al niño contra su pecho, protegiéndolo con su propio cuerpo.

CAPÍTULO 5 LA PELOTA ROJA Y EL DESTINO 1

CAPÍTULO 5 LA PELOTA ROJA Y EL DESTINO 2

CAPÍTULO 5 LA PELOTA ROJA Y EL DESTINO 3

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