Selena siguió a Vicente hasta una tranquila zona residencial. Miró por la ventana y frunció el ceño.
—¿Qué lugar es este?
Vicente sonrió de oreja a oreja.
—Este es un nuevo complejo residencial que mi familia desarrolló. Yo vivo aquí.
—¿Y para qué me trajiste aquí? —preguntó Selena, molesta.
Aunque a Vicente le gustaba Selena, no se atrevía a ser demasiado descarado con ella. Sabía que no era el tipo de mujer que se dejaba impresionar por el dinero. Además, era una eminencia en el mundo académico, así que para conquistarla, tenía que ir paso a paso.
—Selena, para serte sincero, siempre he querido invitarte a mi casa. No te preocupes, no hay nadie, aparte de dos empleadas, vivo solo —la tranquilizó Vicente con voz suave.
—¿Crees que soy fácil de engañar solo porque estoy divorciada? —preguntó Selena, poniendo la cara de una mujer resentida por el divorcio—. Él no me quiere, seguro ustedes ya lo sabían, ¿verdad?
Al escuchar esto, Vicente se animó al instante. Golpeó el volante con rabia.
—Selena, es que no lo entiendo. ¿Cómo te pudiste fijar en un hombre como él? En estos años, me he dado cuenta de que no eres una mujer interesada. ¿Te casaste con él solo porque es guapo?
Selena no dijo nada.
Vicente soltó una risa fría.
—Un hombre como él no merece tu amor. Solo le importan sus negocios y él mismo. No vuelvas a derramar ni una lágrima por ese desgraciado, que a mí me duele.
Selena lo miró, confundida.
—¿Acaso no hay hombres en este mundo que valgan la pena?

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