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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 200

Los últimos treinta días habían sido los mejores de su vida adulta, no

podía calificarse de otro modo. Plenos de vértigo, ruptura de sus rutinas,

habían ampliado su mundo con experiencias impensadas y ardientes en lo sexual, pero que implicaban jalones nuevos en su vida a todo nivel.

No había imaginado que la relación con un hombre podía tener

dimensiones tan maravillosas. Había dejado de corregirse cada vez que

mencionaba el término relación, tenía claro que no era una en el sentido

estricto, al menos no una destinada a durar. El vínculo existía y le bastaba.

Debía bastar.

No se castigaría por aceptarlo así, temporal, porque, aunque para él

fuera un ligue, para ella significaba ruptura en su mundo gris, aceptación de sus deseos, darse permisos.

Era una ruptura con las cadenas invisibles que la habían mantenido

presa del pasado y de la opresión de una mente cerrada que creía que disfrutar del cuerpo y de lo que se sentía era malo. Ruptura con el dolor y la consideración del deseo y la sensualidad como castigo. Eso era lo que habían enseñado sus padres y su ex esposo.

Era también aceptación de su cuerpo y de su sensualidad, de que

podía ser vista no como un objeto o alguien inferior, poco deseado. Kaleb

adoraba sus curvas y se lo hacía saber con palabras y con caricias, y las que

ella consideraba debilidades o defectos no significaban nada al momento de la entrega y de la pasión.

Darse permiso para vivir, disfrutar y anhelar más siempre le había

resultado difícil, pues solía caer en la culpabilidad y el observarse con el

mismo cristal que los demás la miraban.

Hacía ya más de un mes que habían tenido sexo por primera vez y esto se había repetido en muchas oportunidades, en general en su

apartamento, y en cada una de ellas había existido novedad y había ido

aceptando que él fuera derrumbando pequeños muros.

No había nada de vainilla en el sexo con Kaleb, y eso le agregaba

incertidumbre y sorpresas que la motivaban. Su falta de experiencia y su crianza deberían hacer que corriera espantada, pero no, era lo contrario.

A las ataduras de la primera noche se habían ido agregando acciones

o elementos y podía decir sin temor a equivocarse que él estaba haciendo una educación sexual acelerada con ella.

La segunda vez había cubierto sus ojos con una venda y la había

hecho experimentar con olores y sensaciones, y deliró al disfrutar de la

sensación aumentada de su tacto. Cuando la había penetrado había estado tan excitada que se había corrido casi de inmediato, gritando su nombre sin parar.

En las siguientes la había esposado, había usado una mordaza especial, había procedido a estimular sus pezones y su clítoris con hielo,

alternando con succión, besos, caricias, lamidas, dejándola temblando, rogando por él, por su masculinidad en lo más hondo, llenándola, drenando su pasión

y su excitación. Y siempre, siempre, su voz, su mirada, todo él mirándola, invitándola a probar, a no tener miedo, asegurándole que no habría dolor o presión, que había salida y final cuando lo dispusiera. Que no importaba cuán excitado lo

viera o en qué parte de la noche estuvieran, él se detendría apenas dijera la palabra de seguridad. Esa que le había pedido eligiera y que era su botón de salida. Ella ya sabía de la existencia de los colores para hacer saber en qué situación estaba, pero él se lo había explicado con paciencia.

Casie sabía que todo esto era parte del mundo del BDSM y entender

que ella, lateralmente al menos, estaba siendo introducida a él, fue menos traumático o complicado de lo que se hubiera imaginado.

No había nada, hasta ahora, que la hiciera sentir inerme o atada a la

voluntad ineludible de Kaleb. Y le encantaba tener sexo con él, lo disfrutaba, lo esperaba. A estas alturas se confesaba casi obsesionada con él y, si bien podía ser preocupante, lo dejaba fluir. Entre el ser y el no ser, lo primero, esa era su elección.

Con más tiempos a disposición producto de una reorganización de los horarios de trabajo y de contratar mayor personal, podía dedicarse más a sí misma. Kaleb le había mostrado su plan de marketing y lo había comenzado a instrumentar con resultados impactantes que no hubiera imaginado.

Entendiendo perfectamente su impronta, había delineado mejor su

marca y había logrado introducirla en los sectores específicos de población

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